La Coctelera

TINTA VERDE

Categoría: Artículo

10 Agosto 2009

Por  Pedro Pablo Guerrero

Fragmento

 Un grupo de especialistas integrado por académicos, poetas y antologadores aceptó el desafío de elegir los cinco mejores poemas aparecidos entre 1999 y 2009. El resultado: una gran diversidad de voces, generaciones y miradas.

 Fue este ejercicio el que propusimos a críticos, profesores de literatura, académicos de la lengua, poetas y antologadores. Cada uno eligió los que, a su juicio, son los cinco mejores poemas chilenos publicados entre 1999 y 2009. Una cantidad y un lapso arbitrarios, pero lo suficientemente amplios para apreciar escenarios de continuidad y renovación. Algunos encuestados aceptaron el desafío aun mayor de escoger el texto más logrado de los cinco. Otros no llegaron a tanto. Las respuestas evidencian una dispersión que confirma la diversidad característica de la tradición poética chilena. Y aunque la encuesta indaga por textos y no por autores, dos nombres se repiten: Rosabetty Muñoz (dos poemas) y Oscar Hahn (tres poemas). Otros son un auténtico hallazgo; todavía una apuesta, en algunos casos.

  

GONZALO CONTRERAS

Poeta, autor de la antología "Poesía Chilena desclasificada"

 

  1. "El arte de la elegía", de Rafael Rubio (Luz Rabiosa, Camino del Ciego, 2007
  2. "Arte Poética", de Lila Calderón (Poéticas de Chile, Editorial Étnika, 2007)
  3. "Torres Gemelas", de Oscar Hahn (En un abrir y cerrar de ojos, Visor, 2006)
  4. "No! [o las categorías visuales de la gloria trágica 0], de Héctor Hernández (NO, Ediciones del Temple, 2001)
  5. "Poética" de Piero Montebruno (Poéticas de Chile, Étnika, 2007)

 

Elijo "El arte de la elegía" por sobre todos los demás. Es un poema extraordinario. Por la original forma -ironía mediante- de reciclar un motivo tan difícil de abordar. Por la claridad conceptual que tiene el oficio del poeta. Por su capacidad crítica, aguda e implacable. Una lección de alta poesía. Un poema a la altura del lisboeta Pessoa".

  

EL ARTE DE LA ELEGÍA   

Rafael Rubio

 

Todo consiste en llegar al justo término
y después, dar a luz la voz:  dejar
que se complete la muerte. Nadie va

a lamentar una metáfora imprecisa
ni un epíteto infeliz, cuando la muerte
está viva en el poema.
                                    Todo estriba
en simular que nos duele la muerte.
Sólo eso: hacer creer que nos aterra

morir o ver la muerte. Imprescindible
elegir una víctima que haga
las veces de un destinatario: el padre

o el abuelo o el que fuere, con tal
que su muerte haya sido lo bastante
ejemplarizadora como para

justificar una ira sin nombre. Impostarás
la voz hasta que se confunda con
el ciego bramido de una bestia. Así

infundirás piedad en tu lector.
Recomendable el terceto pareado si se quiere
seguir la tradición del abandono, leerás

la elegía de Hernández a Ramón Sijé
o la que en don Francisco de Quevedo, maestro
en el arte de la infamia versificada

inmortalizara a fulano de tal.
                                             Debe ser
virtuoso el uso del encabalgamiento:

echar mano a aliteraciones de grueso calibre
para reproducir la onomatopeya del desamparo
que la elegía debe -aunque no pueda- sugerir.

El uso de la rima debe ser implacable:
el primero con el tercero, consonante
con perfecta -aunque engañosa- simetría.

(El segundo con el primero del terceto
siguiente, encadenados, como están

ayuntados los bueyes de la angustia
en los vastos potreros del poema)

Importa sobre todo, la verosimilitud de
tu desgarro y no el desgarro mismo:  
el dolor puede ser de utilidad

siempre y cuando no atente contra la
rigurosidad del edificio
el templo del poema debe estar

sostenido por los números. Sólo eso
será garantía de profundidad
si se quiere atraer la compasión
 
de un lector habituado al verso libre.
No  importa la belleza. La verdad
será requisito indispensable

a la hora de urdir una elegía 
que merezca el prestigio de la muerte
o la inclusión gozosa y dolorosa

en el canon de la nueva poesía española.                              
Deberás entender a fin de cuentas
que el poema no es más que un ejercicio:

no va a hacer que se levanten los muertos
ni hará que tu padre retorne
del oscuro país de los dormidos

porque ya no habrá país del que volver
ni esperanza tampoco, ni poema.
 
Evitarás el troqueo, como quien
huye de si mismo.
                              El ritmo yámbico
será recomendable en estos casos
siempre cuando haya unidad de fondo y forma.

Repartirás los acentos de tal modo
de sugerir la solemnidad mas aplastante
el ritmo de una marcha funeraria
                 
o el réquiem de Mozart, por ejemplo:
tarea en extremo dificultosa
si se tiene el oído acostumbrado

al vicio del martillo o del tambor.               
El dolor es un lujo que muy pocos
pueden permitirse. Y si es así

que no sea sino un vulgar pretexto

para erigir el templo del poema: un
edificio cuyo lujo te avergüenza
ha de ocultar las ruinas sobre las que
                                     se sostiene:

palabras que desprecia el albañil.
                                                 El oficio
se ejerce en la oscuridad o en el abismo                 
o en una mesa de disección.                       
                            No habrá de ser
de otra manera la escritura, si se quiere     
ver la muerte morir en el poema.

Si hablas de tu padre será con rencor
y no con el barato lloriqueo
de los pobres de espíritu. Odiarás

con honda intensidad lo que te quede
de él en la memoria. No es
imprescindible que el mundo se entere

de tu ruina pringosa, pero si
el poema lo requiere así, confiésalo
pero que sea solo una vez:

de tu dolor da cuenta tu silencio.
Arrasarás con todo lo que obstruya
la lectura fluida del poema,

entenderás, al cabo, que el silencio
es la onomatopeya de la muerte,
has de darle lugar en la elegía. Así                                     

evitarás la asfixia de lector.

Has de expulsar los ripios, con un látigo:
no entrarán en el templo de tu padre
fariseos ni ciegos mercaderes

de la palabrería.
                             Barrerás
con todo lo que no contribuya
al despliegue lujoso de la retórica

y lo demás entrégalo a los perros.
Entenderás por fin que una elegía
es cosa de vida o muerte.
           O bien, al menos
te será un sustituto del suicidio.                 

En el arte del corte de los versos
es maestra la muerte.
                                    Deberás           
aprender de ella, si pretendes
que tu elegía sea ejemplar:

un asunto tan delicado como la muerte
requiere tal manejo del oficio
que sería necesario la inmortalidad

para aprenderlo con éxito o morir.
No podrás desasirte del peso de una larga
tradición familiar en el oficio

(Padre, espíritu santo, santo, santo
el hijo: ni un gargajo moribundo
del talento del abuelo. Ni un terceto

construido con el mínimo sentido
de la musicalidad: una vergüenza)

Ni de las taras impuestas por tus malas lecturas
de la poesía del siglo de oro español.

Si escribes de tu padre que sea con violencia:
lo matarás de nuevo en tu elegía
no de otro modo lograrás el beneplácito

de la palabra habituada al abandono.
Que no tendrás sosiego mientras dure
la escritura del poema. Así de grave
                                  
y cojonudo el arte de escribir
sobre la piel de un cadáver.
                                Sólo quien
ve la muerte de su padre, podrá dar
notable fin a una elegía.
                                        (como éste)
¡Un remate que haga remorderse de envidia
-en su tumba-
a Quevedo, a Fray Luis, a Garcilaso!

 

 BRUNO CUNEO  

1. "Guiados por la inercia de la edad", de Juan Cristóbal Romero ( Rodas , Tácitas, 2008)

2. "Paseo", de Cristóbal Joannon ( Tabula Rasa , Tácitas, 2005)

3. "Metafísico sin causa", de Virgilio Rodríguez ( De ocio y cielo , Beuvedrais, 2007)

4. "Mudanza (I)", de Alejandro Zambra ( Mudanza , Tácitas, 2003)

5. "Yacente", de Gonzalo Millán ( Autorretrato de memoria , UDP, 2005)

"Me niego a justificar solamente uno, detesto las listas (blancas o negras) y me parece pedante Harold Bloom. Un buen poema, según creo, es un artefacto capaz de poner en palabras -agrupadas de manera cada vez única, inédita y fascinante- la experiencia de nuestro contacto efectivo con lo efímero del mundo y con los oscuros poderes que gobiernan nuestra existencia. Todos los poemas que he nombrado satisfacen para mí esa condición y me han otorgado alguna vez la 'emoción de un reconocimiento': la emoción de descubrir mis intereses y sentimientos más legítimos, para los que yo mismo no había encontrado las palabras. Baste por ahora con esto".

  GUIADOS POR LA I NERCIA DE LA EDAD      

Juan Cristóbal Romero

Las cosas son recuerdos de sí mismas.

Y sus nombres se extienden hacia nuevas

acepciones, de cuyas existencias

no somos advertidos sino al tiempo

que el nombre ya está muerto para el alma.

Una ventana no es una ventana:

un hoyo en la pared a media altura

reducido a su exacta utilidad.

El techo: un mar de naipes que amenazan,

al primer sobresalto, derrumbarse.

Casas siamesas, plantas de interior,

jardines con sus árboles talados

de blanco -signo de higiene y ornato-

en un torcido gesto, casi bello

o a lo menos sedante para el tipo

que no resiste tanta realidad.

Esto sería lo más conveniente:

que los días se lean a sí mismos

en el lenguaje de la adolescencia.

Fuimos sacados de contexto. Juego

de frases, donde no hay palabras falsas

ni correctas, sino mal entendidas.

Qué me pediste y no te di, que sales

con que te debo un tercio de la vida.

La palabra empeñada se reclama

con un sentido nuevo, tan distinto

de lo que alguna vez se pretendió.

Hicimos lo que hicimos sin medir

las consecuencias, todo lo veremos

en el camino, me dijiste, presa

de no sé qué fantástico optimismo.

Y confié, más guiado por la inercia

de la edad, el ejemplo y esos prácticos

usos, que por la propia voluntad.

Los nombres de las cosas son menciones

de cualquier cosa, menos de sí mismas.

Sólo podemos encontrar palabras

para lo que está muerto ya en el alma.

Juan Cristóbal Romero (1974) es autor de Marulla (2003), Libro Segundo de las Cartas de Horacio (2006) y Rodas (2008).

 

 

CEDOMIL GOIC
 
1. "Autorretrato", de Ximena Sepúlveda ( Para viola de amor de muchas cuerdas , 2008)

2. "Me veo envejecer en las estrellas", de Óscar Hahn ( Pena de vida , Lom, 2008)

3. "¿Y tú me lo preguntas?/ Antipoesía eres tú", de Nicanor Parra ( Artefactos visuales , UDP, 2001)

4. "Elogio de la poesía", de Omar Lara ( Papeles de Harek Ayun , Visor, 2007)

5. "Muerte, ¿dónde está tu aguijón", de Manuel Silva Acevedo ( Escorial , 2007)

"Imposible leerlo todo. Diez años son muchos y cinco poemas no son pocos. Quedarán muchos fuera, porque habría que tener todos los libros y esto no es posible. Recuerdo algunos tan buenos o mejores, pero no tengo los libros a mano. No quiero disminuir los elegidos que dialogan con lo mejor de la poesía, hablan de ella -y de la antipoesía-, hablan del hombre, de la mujer y del tiempo que nos mata. Poesía del yo, poesía del tú, poesía de lo otro. Escritos con originalidad y dependencia, con humor e ironía. De Quevedo y Rodrigo Caro a Gustavo A. Bécquer, entre otros".

 ME VEO ENVEJECER EN LAS ESTRELLAS

Óscar Hahn

Me veo envejecer en las estrellas

de cine: las contemplo cada noche

en la pantalla del televisor

Aparecen en vivo

aunque están a dos pasos de la muerte

Sus caras mustias

son el espejo de mi propia cara

Sus párpados caídos son mis párpados

Su piel rugosa ya es mi propia piel

Estos hijo ay dolor que ves ahora

ojos de soledad mustios semblantes

fueron un tiempo jóvenes famosos

Ese anciano de manos temblorosas

y pelo blanco un día fue Paul Newman

el seductor de los ojos azules

Y esa señora cuya piel estirada

le impide sonreír es Elizabeth Taylor

conquistadora como Cleopatra

De esta invencible gente

sólo quedan memorias funerales

Contempla hijo estas reliquias bellas

para ejemplo del mundo y sus estrellas.

 

 IVÁN CARRASCO

Profesor de la Universidad Austral de Chile

  1. "En nombre de ninguna" de Rosabetty Muños (En nombre de ninguna, El Kultrún, 2008)
  2. "Pre-Epitafio, de Floridor Pérez (Tristura, Tácitas, 2008)
  3. "El mar", de Raúl Zurita (INRI, FCE, 2004)
  4. "Poemas viejos (2), de Carlos Trujillo (Palabras, Alberto Chiri Editor, 2005)
  5. "Ralúm. Relámpago", de Adriana Pinda (Revista Pentukun, 2000)

 

"Me gusta más "En nombre de ninguna", porque es gemido funerario y palabra profética que denuncia y realiza el duelo por el asesinato de los hijos mediante imágenes estremecedoras; el "Pre-epitafio", porque cuenta con gracia e ironía popular el curso de una vida humana: "El mar", porque el ritmo alucinante arrastra las imágenes y metáforas de la vida, la muerte y el renacer durante el tiempo aciago; "Poemas viejos" (2), porque es una reflexión precisa y emotiva sobre los efectos de la lectura poética; y "Ralúm. Relámpago, porque me trae la voz del pasado y del futuro, y me ilumina...."

 

EN NOMBRE DE NINGUNA

Rosabetty Muñoz

 

Se suceden en procesión

hacia el altar de la sangre

estas jovencitas

con sus crías en bolsas negras.

Hay otras debajo de las tablas del piso

y enterradas con las flores del jardín.

En pecado mortal

están las hijas de la patria.

Actúan ellas en nombre de ninguna.

 

 ANA TRAVERSO

Académica de la Universidad Austral de Chile 

  • 1. "Nada tiene que ver el amor con el amor", de Verónica Jiménez (Palabras hexagonales, Quimantú, 2002)
  • 2. "30" o "En una laguna del parque Saval", de Galo Ghigliotto (Valdivia, Mantra, 2006)
  • 3. "Ceremonia del amor", de Jaime Huenún (Ceremonias, Universidad de Santiago, 1999)
  • 4. El excesivo equipaje no deja caminar a la sombra", de Javier Bello (Letrero de Albergue, Norma, 2007)
  • 5. "(Huele a esencias)", de Rosabetty Muñoz (Ratada, Lom, 2004)

Muchos de los libros de las últimas décadas son orgánicos, es decir, poseen una trama y, por lo mismo, cada uno de los poemas articula una parte de esa  historia. Hay otros libros, en cambio, cuyos poemas logran independizarse incluso de su autor. De este tipo son estos cinco, que podrían ser también otros cinco. La particularidad de éstos es que podrían formar parte del mismo libro.

 

NADA TIENE QUE VER EL AMOR CON EL AMOR

Verónica Jiménez

 

Nada tiene que ver el amor con el amor
nada tiene que ver la sed con el agua que arrebata
ni la primavera con la flor que se desprende del tallo.
Son sólo ejemplos.

El amor tiene que ver con la costumbre de mirarse a los ojos repetidas veces
el amor tiene que ver con la costumbre
de buscar en los ojos contrarios el eco de un relámpago
o palabras amables tras las máscaras estrictas del silencio.

No tienen que ver con el amor las prolongaciones del estío
ni las hojas que se desprenden exhaustas de los árboles
ni las hojas que se aferran como gusanos de los árboles.
Es un ejemplo.

El amor tiene que ver con una casa aplastada por la lluvia
con habitaciones a oscuras y con charcos
con las tristes camisas aferradas al vacío del aire
con los chalecos sin destino empujados al fuego
con un par de ojos sofocados en su espejo.

El amor tiene que ver con la costumbre de mirarse a los ojos repetidas veces
y atizar las llamas de los charcos repetidas veces
y alojar la lluvia en habitaciones oscuras repetidas veces.

El amor tiene que ver con huir de nuestras habitaciones
con fundar en el barro una nueva ciudad para guarecernos
con vestirnos en nombre del amor con una nueva guirnalda de granizos
con detestar en nombre del amor los frutos y los árboles.

Nada tiene que ver el amor con el amor.
Nada tiene que ver el amor con las palabras que engendra.

 

26 Agosto 2008


El escritor chileno Efraín Barquero, seudónimo de Sergio Efrain Barahona, fue distinguido hoy como Premio Nacional de Literatura 2008.


Barquero, quien fue calificado por el jurado como un "poeta inconfundible, campesino y universal", recibirá como premio 28.000 dólares por una sola vez, además de una pensión vitalicia equivalente a 20 Unidades Tributarias Mensuales (UTM), unos 1.200 dólares.


El jurado lo integraron José Miguel Varas, último galardonado con el premio; la ministra de Educación, Mónica Jiménez; el rector de la Universidad de Chile, Víctor Pérez; el rector de la Universidad Católica del Norte, Misael Camus y el integrante de la Academia Chilena de la Lengua, Andrés Gallardo. Junto al nombre de Barquero sonaban como posibles ganadores Patricio Manns, Claudio Bertoni, Oscar Hahn y Delia Domínguez. Nacido en 1931, el vate está radicado en Francia, país donde estuvo exilado y trabajó desde 1975 a 1990 y donde vive una parte de su familia. Ubicada por la crítica dentro de la prolífica Generación Literaria de 1950, al igual que Enrique Lihn, Armando Uribe y Jorge Teillier, entre otros, la obra de Efraín Barquero transita por una cierta continuidad de la tradición poética que incorpora elementos propios de la lírica popular y del mundo de la poesía infantil. Fue considerado en sus inicios como el natural continuador de la línea de desarrollo poético abierta por Pablo Neruda.


Entre sus obras destacan "La compañera" (1956) y "El viento de los reinos" (1967), obra que nace de un viaje a China, y en la que el poeta realiza un notorio intento por acceder a niveles de expresión y trascendencia no totalmente presentes en su obra anterior. Tras el golpe de Estado de 1973, Barquero continuó su labor creativa en el extranjero, principalmente en Francia, país en el que escribió "A deshora" entre 1979 y 1985, y que fue publicado en Chile el año 1992, al igual que "Mujeres de oscuro" y "El viejo y el niño".

SANTIAGO DE CHILE, 25 (ANSA)

17 Agosto 2008

Con el calificativo de “escritor” a cuestas, nos sometemos a increíbles comentarios y preguntas de la gente que nos rodea. Además, aunque nadie lea, todos esperan un ejemplar de regalo, firmado por el autor.

Ocurre que le publicaron un par de libros a Fulano, de escasa repercusión en la prensa y poco movimiento en las librerías. Lo normal en estos casos. Pero desde ese minuto, aunque no lo desee, a Fulano lo sindican con un extraño mote: él pasa a formar parte de la categoría de escritor. En lo profundo de su alma, Fulano quisiera ser escritor, claro, aunque con humildad sabe que todavía es muy temprano para un bautismo así de fuerte: escritor. Eso quema.

Sin embargo, ya le dicen escritor en el edificio donde vive, porque lo vieron en esa breve crónica del diario. Y ahora cada vez que se le solicita una opinión en la prensa para cualquier tópico –maletín literario, premio nacional, feria del libro- indefectiblemente se lo presenta como escritor. Y eso da susto.

Lo peor, no obstante, es cuando el pobre individuo cae en una fiestecita ajena, casi siempre con un conocido del barrio alto que de inmediato presenta a Fulano como “mi amigo el escritor”. Ahí comienzan los comentarios extravagantes que Fulano debe aguantar cerveza en mano: “Así que tú eres el escritor. Qué lata eso de leer ¿ah?”. Luego se le acerca un profesional joven, tal vez un ingeniero, que remata: “No, eso sí que no: yo no leo libros”. Y todavía le restaba un corolario: “En mi casa creo que hay un libro. No estoy seguro”.

Aquellos sujetos ajenos a la lectura son, paradójicamente, los más inofensivos, porque después asoman los que creen saber algo de escritores. “Y usted escribe sus libros?”, suelen preguntarme en cócteles, y no como si fuese parte de una reflexión filosófica profunda, apelando a la tesis de que nadie escribe libros sino que cada uno se apropia de un pequeño fragmento del gran texto que es la literatura universal. No va por ahí, porque el siguiente comentario es harto más terrenal: “¿De qué se tratan sus libros? A ver, cuente uno, pero cortito”.

Al pobre fulano lo acosan hasta en el ascensor del edificio con interrogantes que van pegadas al saludo de cortesía: “Buenos días, ¿esta escribiendo algún otro libro?, ¿cuándo sale?”, le dicen. Y cómo va a explicar uno en escasos segundos que la literatura es compleja, que se escribe un poco todos los días, casi como un hábito de supervivencia, pero que podrían pasar lustros antes de ver aquello como un producto final en un libro de papel. Entonces, para no ser rotos, se aplican respuestas también de cortesía, pero llenas de vaguedad: “Estoy en eso, ja, ja, siempre estoy escribiendo alguna cosita poca, gracias, buenas tardes”.

Así pasan los días, y el triste Fulano se pregunta cuándo le llegarán los dividendos anexos a la literatura que le prometieron, como si fuera una estrella de rock y no un insignificante escritor de un país de provincia. Sólo recibe señales equivocadas. Así me ocurrió aquella vez en que estuve invitado a un casorio, en donde obviamente me presentaron como escritor, y la chiquilla del lado en la mesa encendió la cara: “Yo quiero ser personaje de un libro suyo, ¿qué hay que hacer? Uy, cómo explicarle a esa niña preciosa, de labios inmensos y escote generoso, los alcances metafísicos y carnales de una solicitud así, cuando no deja de abrazar a su marido que, como si leyese mis pensamientos, me mira con ojos de tirria y desprecio.

Fulano se halla todavía lejos de ganarse la vida con los libros que escribe, y lo más probable es que no lo conseguirá nunca. Aún así debe enfrentar la otra desgracia de que lo consideren escritor: todos sus amigos y conocidos de la pega, desde el conserje hasta el jefe, esperan que el señor escritor les regale un libro. Y creen que eso es lo normal, obvio: un ejemplar obsequiado y firmado por el escritor. “Estoy esperando el libro”, me decía un bacalao despreciable que alguna vez fue mi jefe. He debido regalar mis libros a destajo, qué desperdicio, y los únicos de voluntad propia son los dirigidos a señoritas jóvenes y espigadas como culebras, las que naturalmente no comprendieron el mensaje.

Con este afán de que a uno lo paseen como el amigo escritor, podemos caer en afiebradas pesadillas, como una vez en que me presentaron a una señorita que se obnubiló ante mí: “¿Escritor? En serio? Yo soy poeta, tengo varios cuadernos de poesía, los traigo en mi cartera y podría leérselos ahora mismo. Busquemos un asiento”. Para esos casos, recomiendo saltar por la ventana y apurar la otra variante, el mote que ya no nos puede alcanzar ni provocar vergüenza: escritor póstumo.

Por Tito Matamala. Periodista y escritor, autor de Pubis y otras obsesiones.
Letras/Tendencias- La Tercera Cultura.

10 Agosto 2008

Rusia 11.12.1918 - 03.08.2008

Como en la última etapa de su vida se dedicó a lanzar fulminaciones bíblicas contra la decadencia de Occidente y a defender un nacionalismo ruso sustentado en la tradición y el cristianismo ortodoxo, se había vuelto una figura incómoda, hasta antipática, y ya casi no se hablaba de él. Ahora que, a sus 89 años, un ataque cardíaco acabó con su vida, se puede formular un juicio más sereno sobre este intelectual y profeta moderno, acaso el escritor que más tumultos y controversias haya provocado en todo el siglo veinte.
Digamos, ante todo, que su corazón resistiera 89 años las indescriptibles penalidades que debió afrontar -la guerra mundial contra el fascismo, las torturas y el confinamiento de tantos años en los campos de exterminio soviético, el cáncer, el exilio de otros tantos años en el páramo siberiano, la persecución y la censura, las campañas de calumnia y descrédito, la expulsión deshonrosa y la privación de la ciudadanía, el secuestro de sus manuscritos, etcétera- es un milagro de la voluntad imponiéndose a la carne miserable, una prueba inequívoca de que aquella potencia del espíritu para sobreponerse a la adversidad no es sólo patrimonio de los héroes epónimos que glorifican las religiones e inventan las sagas y los cantares de gesta, pues encarna a veces, de siglo en siglo, en alguna figura tan terrestre y perecedera como el común de los mortales.


No fue un gran creador, como lo fueron sus compatriotas Tolstoi y Dostoievski, pero su obra durará tanto o más que la de ellos y que la de cualquier otro escritor de su tiempo como el más desgarrado e intenso testimonio sobre los desvaríos ideológicos y los horrores totalitarios del Siglo XX, las injusticias y crímenes colectivos de los que fueron víctimas entre treinta y cuarenta millones de personas, una cifra tan enorme que vuelve abstracto y casi desvanece en su gigantismo astral lo que fue el miedo cerval, el dolor inconmensurable, la humillación y los tormentos psicológicos y corporales que precedieron y acompañaron el exterminio de esa humanidad por la demencia despótica de Stalin y del sistema que le permitió convertirse en uno de los más crueles genocidas de toda la historia.


Archipiélago Gulag es mucho más que una obra maestra: es una demostración de que, aun en medio de la barbarie y el salvajismo más irracionales, lo que hay de noble y digno en el ser humano puede sobrevivir, defenderse, testimoniar y protestar. Que siempre es posible resistir al imperio del mal y que si esa llamita de decencia y limpieza moral no se apaga a la larga termina por prevalecer contra el fanatismo y la locura autoritaria.


No es un libro fácil de leer, porque es denso, prolijo y repetitivo, y porque desde sus primeras páginas una asfixia se apodera del lector, una terrible desmoralización por la suciedad moral y la estupidez que anima los crímenes políticos, las torturas, las delaciones, los extremos de ignominia en que verdugos y víctimas se confunden, el miedo convertido en el aire que se respira, con el que hombres y mujeres se acuestan y se levantan, y los recursos ilimitados de la imaginación dogmática para multiplicar y refinar la crueldad. Todo aquello viene hasta nosotros a través de la literatura, pero no es literatura, es vida vivida o mejor dicho padecida año tras año, día a día, en el desamparo y la ignorancia totales, sin la menor esperanza de que algo o alguien venga por fin a poner punto final a semejante agonía.


¿De dónde sacó fuerzas este hombre del común, oscuro matemático, para resistir todo aquello y, una vez salido del infierno, volver a él y dedicar el resto de su vida a reconstruirlo, documentarlo y contarlo con minuciosa prolijidad, sin olvidar una sola vileza, maldad, pequeñez o inmundicia, para que el resto del mundo se enterara de lo que es vivir en el horror?


Había en Solzhenitsin algo de esa estofa de la que estuvieron hechos esos profetas del Antiguo Testamento a los que hasta en su físico terminó por parecerse: una convicción granítica que lo defendía contra el sufrimiento, un amor a la verdad y a la libertad que lo hacían invulnerable a toda forma de abdicación o de chantaje. Fue uno de esos seres incorruptibles que nos asustan porque su sola existencia delata nuestras debilidades. Cuando las circunstancias lo obligaron a dejar su amado país -porque lo increíble es que amó siempre a Rusia con la inocencia y la terquedad de un niño, pese a todas las pruebas que su país le infligió- creyó que, en el mundo occidental al que llegaba, iba a ver confirmado todo aquello con lo que, en el aislamiento del gulag y la tundra siberiana, había soñado: una sociedad donde la libertad fuera tan grande como la responsabilidad de los ciudadanos, donde el espíritu prevalecía sobre la materia, la cultura domesticaba los instintos y la religión humanizaba al individuo y fomentaba la solidaridad y la conducta moral.


Como esa visión del Occidente era tan ingenua como su patriotismo, el espectáculo con el que se encontró le causó una decepción de la que nunca se curó: ¿para eso les servía la libertad y la democracia a las privilegiadas gentes del Occidente? ¿Para acumular riquezas y derrocharlas en la frivolidad, el lujo, el hedonismo y la sensualidad? ¿Para fomentar el cinismo, el egoísmo, el materialismo, para dar la espalda a la moral, al espíritu, para ignorar los peligros que amenazaban esos valores cívicos, políticos y morales que habían traído la prosperidad, la legalidad y el poderío al Occidente? Desde entonces comenzó a tronar, con acento olímpico, contra la degeneración moral y política de las sociedades occidentales y a encasillarse en esa idea -utópica- de que Rusia era distinta, de que en ella, a pesar del comunismo, y tal vez debido a esos ochenta años de expiación política y social, podía venir, con la caída del régimen soviético, ese ideal que combinara el nacionalismo y la democracia, la vida espiritual y el progreso material, la tradición y la modernidad, la cultura y la fe. Lo extraordinario es que, en los años finales de su vida, Solzhenitsin identificara semejante utopía con el autoritarismo de Vladimir Putin y legitimara con su enorme prestigio moral al nuevo autócrata de Rusia y callara sus desafueros, sus recortes a la libertad, sus atropellos políticos y sus matonerías internacionales.


Ahora bien, que se equivocara en esto no rebaja en modo alguno la extraordinaria hazaña política e intelectual que fue la suya: emerger del infierno concentracionario para contarlo y denunciarlo, en unos libros cuya fuerza documental y moral no tienen paralelo en la historia moderna, unos libros sobre los que habrá siempre que volver para recordar que la civilización es una delgada película que puede quebrarse con facilidad y precipitar de nuevo a un país en el infierno del oscurantismo y la crueldad, que la libertad, una conquista tan preciosa, es una llamita que, si dejamos que se apague, estalla una violencia que supera todas las peores pesadillas que han pintado los grandes visionarios de la maldad humana, los horrores dantescos, las atrocidades del Bosco o de Goya, las fantasías sadomasoquistas del divino marqués. Archipiélago Gulag mostró que, tratándose de crueldad, el fanatismo político puede producir peores monstruosidades que el delirio perverso de los artistas.


Yo nunca lo conocí en persona, pero estuve cerca de él, en Cavendish, el pueblecito del estado de Vermont, en Estados Unidos, donde vivió de 1976 a 1994, en el exilio. «Vale la pena que vayas allá sólo para que veas cómo lo cuidan los vecinos», me había dicho mi amigo Daniel Rondeau, uno de los pocos que consiguió cruzar la casita-fortaleza en que vivía encerrado, escribiendo. Fui, en efecto, y pregunté por él a la primera persona que encontré, una señora que abría a paladas un caminito entre la nieve. «No quiero molestar al señor Solzhenitsin», le dije, «sólo ver su casa de lejos. ¿Me puede indicar dónde está?» Sus indicaciones me llevaron al borde de un abismo. Pregunté a tres o cuatro personas más y todas me engañaron y desviaron de la misma manera. Por fin, un bodeguero me confesó la verdad: «Nadie en la vecindad le mostrará la casa del señor Solzhenitsin. El no quiere que lo molesten y nosotros en el pueblo nos encargamos de que sea así. Lo mejor que puede usted hacer ahora es irse». Estoy seguro que todas las banderas de las casas del bello pueblecito nevado de Cavendish flotan hoy día a media asta.

MARIO VARGAS LLOSA 2008

http://www.aguasdigital.com/lasplumas/vargasllosa.php?idnota=4672

2 Agosto 2008

Este miércoles, a las 11 horas, la poeta recibirá de manos de la Presidenta Michelle Bachelet el Premio Iberoamericano Pablo Neruda con el que por primera vez en sus cinco versiones se reconoce el trabajo de un chileno. Y eso no es todo: original e inclasificable, la autora también postula al Premio Nacional de Literatura.

María Teresa Cárdenas – 27.07.08 (Emol.com)

"Estoy recuperando un poco de historia, ¿no?", se interrumpe a sí misma, mientras surgen de manera fragmentada y dispersa las vivencias, las imágenes, las personas, los lugares. "Porque la memoria no es algo fijo, va y viene, es un raconto y cada cual hace su recuerdo", afirma. Los restos de cigarrillos se acumulan en el cenicero, pide otro café y por la ventana abierta de su departamento en Plaza Italia se cuela un rumor lejano y constante, un mar de cantos, bocinas y gritos. El mismo que ella acoge en sus textos y poemas y que, cuando la realidad urbana la supera, cambia por el mar que ve desde su casa de Las Cruces. De ventanas y mente abiertas, Carmen Berenguer (Santiago, 1946), también llamada Emperatriz -su primer nombre, no un seudónimo-, es uno de los productos más atípicos de nuestra literatura.

Bobby Sands desfallece en el muro, Huellas de siglo, A media asta, escritos en los años ochenta -y reunidos en el volumen La gran hablada (Cuarto Propio), así como sus posteriores Sayal de pieles (Francisco Zegers Editor), Naciste pintada (Cuarto Propio) y mama Marx (Lom), dan fe de "su audacia en el tratamiento del lenguaje" y de "una mirada diferente sobre las violencias y contradicciones contemporáneas", algunas de las razones por las que en marzo obtuvo el premio que este miércoles recibirá en el Palacio de la Moneda. Un premio que lleva el nombre de Neruda, es de alcance iberoamericano y por primera vez se entrega a una poeta chilena.

-¿Cuál de estos tres aspectos es para ti más relevante?

-El conjunto ha sido enjundioso, es Pablo Neruda el gran poeta clásico de la lengua castiza y esplendente, aun cuando he problematizado la figura provinciana que se hace del vate en Chile. Por otro lado, como no me gusta el chovinismo y tampoco quiero ser majadera, es importante que lo haya obtenido una poeta, porque sirve para corregir el silencio socarrón del machismo nacional y las ausencias de mujeres en la literatura, ya insoportables en este siglo XXI. Y además, nada me ha sido regalado.

-Cuando te comunicaron el premio dijiste que te lo merecías, ¿en qué pensaste entonces?

-Mis quince minutos de fama (se ríe). Yo soy una persona bastante descreída, me cargan los embelecos, me cargan los arrumacos, todas esas cosas las encuentro falsas; por supuesto que no soy moralista frente a eso y no exijo un purismo. En ese sentido, fue una humorada. Y por otro lado, también por esa pacatería nacional, con esa falsa modestia, esa humildad. Imagínate, la frase era de una publicidad para el pelo. Es bueno tener humor, tú no puedes ser una persona todo el tiempo tan seria y revestirte de esa gravedad con la cual aquí acostumbran a ver al poeta. Si hoy día el poeta es un pobre diablo, que apenas subsiste. Hay preocupación por el objeto en el arte, el objeto como mercancía. Entonces, ¿qué puede la poesía? ¿Escribir poesía es qué? Los premios son buenos, maravillosos; tampoco voy a ser una desagradecida. Los premios hacen que otra gente te lea, tal vez amplían lecturas sobre tu trabajo.

-¿Cómo te descubriste poeta?

-Creo que fue la conciencia que tuve de un recuerdo de infancia, y que luego se manifestó en la juventud cuando escribí aquello que no podía comunicar por otros medios. Pienso además que veía el mundo al revés, no pretendo decir con esto que mi asma y mi dislexia sean una exégesis literaria.

-¿Qué representa tu nombre Emperatriz?

-Ese nombre se mantuvo suspendido porque nadie podía pronunciarlo bien, lo que me indicaba que no querían decirlo, y un día Francisco Casas lo ficcionó en su libro Yo Yegua. Fue el nombre de la cantante Emperatriz Carvajal; tal vez esos nombres se usaron en el siglo pasado. Yo recuerdo a la Imperio Argentina, o La Martirio o La Pasionaria, eran nombres rimbombantes. Pero es tan simple como que me lo puso mi madre porque su gran amiga se llamaba Emperatriz. Y para terminar el cuento, ese nombre me hizo inventar mil nombres para mí.

Casada "toda una vida" con el científico Carlos Jerez, en 1969 lo acompañó a hacer un doctorado en Iowa City. Fue su primer viaje a Estados Unidos. El segundo, también por estudios de su marido, y para "arrancar del horror de Chile", fue en 1979, a Nueva Jersey. "Cruzaba el Hudson a través del Lincoln Tunnel y llegaba a Nueva York. Ahí estuve muy ligada al exilio chileno", recuerda. A fines de los 90 el motivo fue literario y viajó apoyada por la beca Guggenheim. El resultado fue Naciste pintada, un libro de prosa, dividido en tres partes.

-¿Qué ha significado para tu trabajo con el lenguaje compartir la vida con un científico?

-¡Uf! Creo que podría doctorarme en ciencias. La fascinación por el conocimiento de la vida orgánica y su lenguaje completamente desconocido del abecedario de la lectura del cuerpo, es decir, el genoma humano. El ADN recombinante implica una mutación del lenguaje, y la tercera ley de la termodinámica, en mi locura hice una analogía con el grado cero de la escritura. Todo un mundo que tenía que explicarse; al mismo tiempo imaginar esas combinaciones en unas bacterias esquizoides que viven en los límites y que se llaman extremófilos. ¡Extravagante!, ¿no?

-En "Naciste pintada" recorres Valparaíso con algunos poetas y con Brenda, una prostituta. ¿Siempre ha existido en ti esa apertura hacia los mundos desconocidos y marginales?

-Yo creo que todo surge, para ser un poquito lárica, del momento en que tú vives, dónde naces. Eso también forma parte de la cultura y es lo que yo generalmente integro en mis libros. Voy integrando fragmentos míos, de vivencias y de lecturas. Mi madre fue dueña de pensión, en uno de esos momentos trágicos de las mujeres que tienen que ganarse la vida. Eso me dio la oportunidad de conocer muchos personajes. Una vez llegó una mujer que se llamaba la Bella Estrella; ¿tú te puedes imaginar que alguien se llame de esa manera? Era detective y contaba cómo se disfrazaba para capturar monreros, cogoteros. Yo era adolescente, y escuchaba esas fascinantes historias de la vida real. Por otro lado, llegaban estudiantes, chicos de clase media, que venían a estudiar a Santiago a las universidades. Esos mundos estaban ahí, como los describe también Donoso, y lo hace espectacularmente.

-Hay bastante alusión a José Donoso en ese libro. ¿Qué relación tuviste con su literatura?

-En Estados Unidos me leí prácticamente todo el boom latinoamericano a una edad bastante juvenil, no tenía mucha otra cosa que hacer más que cuidar a mis hijos y leer.

-¿Qué otros textos o autores fueron importantes en tu formación literaria?

-Góngora en toda su diversidad, y sobre todo la relación entre lo culto y lo popular en su poesía; La escritura de Raimundo Contreras, de Pablo de Rokha, me dio el pase a la vanguardia; Cantoral, de Winett de Rokha, la relación entre la poesía y lo político; la palabra en la garganta y lo mujeril de Gabriela Mistral; la renovación del lenguaje en Huidobro; Canto General, de Pablo Neruda; el cut-up de Kerouac; Patriarchal Poetry, de Gertrude Stein, en fin, cada autor, cada verso, metáfora, forma en la que se queda afectada, como Paseo Ahumada, de Enrique Lihn; Ciudad, de Gonzalo Millán en los 80. Los Náufragos, de Dulce María Loynaz; Nunca más, de Sábato...

-¿También te formaste con la música, el cine?

-Todo el cine de posguerra europeo, el neorrealismo italiano lo vi haciendo la cimarra en el cine Toesca; le decían el Liceo Toesca. Todos los días veo cine de los 50, 60. La música es parte constitutiva en mi poesía, y forma parte de mi registro auditivo toda la música; en mi adolescencia, el rock fue locura junto al bolero y la ranchera, luego Violeta Parra y Víctor Jara fueron mis ídolos en los 70, junto a Bob Dyland y Lou Reed, folk-rock, el blues, los fados, el cante jondo. De Chile me gustaban "Las panteras negras". Haría un libro de la música que me importa.

-¿Con qué grupos literarios te relacionaste en tus inicios, en los ochenta?

-Como siempre fui una chica inquieta, y venía con una historia fuerte detrás porque me había perseguido la Dina, CNI en ese tiempo, me aconsejaron que fuera al taller literario que se había abierto en la Sociedad de Escritores de Chile. Estaba Sánchez Latorre, y era como un campo de lucha por la libertad de expresión. Se hacía una política chica, la mayoría eran seudopoetas, incluyéndome; todos estábamos ahí por alguna razón de escape, pero fue importante para mí. Era un taller de desesperados.

En ese contexto publica su primer libro, Bobby Sands desfallece en el muro, tomando la figura del preso irlandés que muere tras una huelga de hambre. Recurre al graffiti para expresar el delirio del personaje, y a través de él habla también de la realidad chilena.

-Hay alguien que está escribiendo en la pared, desesperado. A mí me sirve mucho la ciencia y leí un libro de medicina para saber qué ocurría cuando se moría de hambre, cuál era el proceso. Y ahí, justamente, decía que había momentos de pérdida de la razón, delirio. Y claro, ese fue el sentido del libro, dar esa idea de muerte por hambre. Pero también del hambre en general, del hambre de libertad, de muchas cosas.

-En los tiempos de la dictadura te definías como activista cultural, ¿cómo te defines hoy?

-Igual, sólo que ahora lo hago en forma más reflexiva, no salgo a la calle, porque estoy más vieja, pero apoyo a los estudiantes, a los pingüinos, a esta chica Elena Varela, que está detenida, a la dignidad del pueblo mapuche. A esas cosas siempre voy a estar atenta. Siempre sigo preocupada por lo que me rodea.

"Este premio sirve para corregir el silencio socarrón del machismo nacional y las ausencias de mujeres en la literatura".

12 Julio 2008

Recordando el cumpleaños de Neruda (12 de julio de 1904)

NERUDA Y LA CASA NATAL

Recuperar lo irrecuperable, se ha dicho, es la intención primera del poeta. Encontrar, como escribió Rilke, la verdadera patria en el tiempo. Pablo Neruda, cantor constante del dorado minuto en que se vive, exaltador del futuro junto a él tiene un doble que vive en busca de las aguas subterráneas de la memoria como un rabdomante que, a través de la varita mágica de la poesía, detecta la casa natal, la región natal que para él –más que Parral de donde es municipal "Hijo Ilustre" (no así de Temuco)–, es la Frontera en donde "lluvia y viento y sombra hacen la vida".

Se trata del cumpleaños del poeta, a riesgo de ser totalmente anticientíficos hemos leído el horóscopo suyo que se puede establecer bajo las líneas del siglo de Cáncer. Según los astrólogos, una de las constantes de los nacidos bajo este signo es la de querer reconstruir la casa natal a imagen y semejanza de cómo se guarda en la memoria, volver al umbral materno, a las aguas del nacimiento: la lluvia, el mar de la Frontera que es el mismo numeroso y frío mar Pacífico que se rompe frente a Isla Negra (Por lo demás, dudo de que algún lector posible de este artículo alguna vez haya privado –aún cuando sea a ocultas– de leer su horóscopo). El Temuco de los años 20 en donde Neftalí Reyes, alumno de Liceo y miembro de un Centro Literario que presidía Gabriela Mistral, escribía sus primeros versos, era una ciudad de zinc y madera, como lo son todavía pueblos detenidos en el tiempo: Pillanlelbún, Lican Ray. Y cuando el poeta, ya maduro, viajado por todo el mundo quiere construir su casa, pide en un poema de Estravagario, que le envíen madera del sur para tal efecto. Por que la madera son los árboles que fueron nuestros antepasados, y también la casa de madera es el bosque que en medio de la ciudad anida para nuestros sueños el canto de los pájaros muertos que habitaron en los bosques de la infancia. Sí, "desde entonces mi amor fue maderero / y lo que toco se convierte en bosque", dice Pablo Neruda en "Donde nace la lluvia" cuando en el umbral de los sesenta años reconstituye su vida en Memorial de Isla Negra. Hay una delectación en Neruda por reconstruir el Temuco pionero en donde le tocó vivir su infancia y adolescencia. Tomar las muestras de los negocios: La Llave, La Campana, La Olleta, buscar el caballo embalsamado que también nos tocó ver a la puerta de la talabartería que debía incendiarse al fin, como toda buena talabartería fronteriza. Y un fenómeno curioso es el ver que Pablo Neruda adolescente no tenía ningún amor por el Temuco donde vivía (entendámonos, no por el ámbito físico, sino por el ciudadano). Así, escribió: "Aquí entre estos burgueses de aldea descansada / donde el donde de un poeta es casi lo mismo que un ladrón" o en Crepusculario: "El pueblo es gris y triste. Si estoy ausente pienso / que la ausencia parece que lo acercara a mí. / Regreso y hasta el cielo tiene un bostezo inmenso. / Y crece en mi alma un odio, como el de antes intenso". Pero cuando tras el viaje nocturno el tren que lleva a Santiago lo deja en la Estación y se corta el cordón umbilical de todos los provincianos, el poeta se ve en medio del asfalto, sin raíces y las busca de nuevo, las buscará por toda su vida. Y creo que esta toma de conciencia empieza en la "Copa de Sangre" la extraordinaria prosa sobre la muerte de su padre, el tantas veces cantando ferroviario don José del Carmen Reyes (una digresión: los poetas chilenos escriben más sobre el padre que la madre (singular hecho merecedor de estudio). En sus sesenta y cinco años el poeta universal y cosmopolita que es Pablo Neruda, sigue siendo un fiel habitante de la Frontera, que comprendió primero que nadie en El habitante y su esperanza, obra precursora de la actual novelística latinoamericana y no dudamos que es fundador de la Frontera, como entidad del espíritu, junto a Ercilla, Pedro de Oña, Dublé Urrutia y todos los poetas del Bío Bío al Toltén que lo saludan en su día, desde Juvencio Valle, Altenor Guerrero, Francisco Santana, hasta Raúl Mellado y Omar Lara, junto a las sombras vivas de Teófilo Cid y Aldo Torres Púa.

En El Siglo, Santiago (13.07.1969), p. 12.

La casa

Mi casa, las paredes cuya madera fresca,
recién cortada, huele aún: destartalada
casa de la frontera, que crujía
a cada paso, y silbaba con el viento de guerra
del tiempo austral, haciéndose elemento
de tempestad, ave desconocida
bajo cuyas heladas plumas creció mi canto.


Vi sombras, rostros que como plantas
en torno a mis raíces crecieron, deudos
que cantaban tonadas a la sombra de un árbol
y disparaban entre los caballos mojados,
mujeres escondidas en la sombra
que dejaban las torres masculinas,
galopes que azotaban la luz,
enrarecidas
noches de cólera, perros que ladraban.

Mi padre, con el alba oscura
de la tierra, hacia qué perdidos archipiélagos
en sus trenes que aullaban se deslizó?
Más tarde amé el olor del carbón en el humo,
los aceites, los ejes de precisión helada,
y el grave tren cruzando el invierno extendido
sobre la tierra, como una oruga orgullosa.
De pronto trepidaron las puertas.
Es mi padre.

Lo rodean los centuriones del camino:
ferroviarios envueltos en sus mantas mojadas,
el vapor y la lluvia con ellos revistieron
la casa, el comedor se llenó de relatos
enronquecidos, los vasos se vertieron,
y hasta mí, de los seres, como una separada
barrera, en que vivían los dolores,
llegaron las congojas, las ceñudas
cicatrices, los hombres sin dinero,
la garra mineral de la pobreza.


4 Julio 2008

El prolífico periodista, narrador y ensayista uruguayo Eduardo Galeano fue galardonado el jueves en Montevideo como el primer 'Ciudadano Ilustre' del Mercosur, por su aporte a la cultura e identidad latinoamericanas.

Tocado en su fibra más íntima por la calidez del reconocimiento, Galeano dedicó el premio al prócer uruguayo José Artigas y agradeció la dilección tributada por decenas de personalidades de la literatura, la política y la sociedad, que colmaron la sede administrativa del bloque sudamericano.

Al momento de recibir la estatuilla del escultor compatriota Gonzalo Ramírez, el autor de "Las venas abiertas de América Latina" propuso un viaje por "el reino de las paradojas" en las propias tierras de la región, para deleite del premio Nobel de la Paz, el argentino Adolfo Pérez Esquivel y el presidente electo de Paraguay, Fernando Lugo, entre otros invitados.

"¿Por qué será que el -guerrillero- Che Guevara sea el más universal de los latinoamericanos y tiene la costumbre de seguir naciendo cuando más lo manipulan y traicionan (...)?", se preguntó.

Observó que "paradójicamente una de las principales avenidas de Santiago de Chile se llama 11 de setiembre y no por las víctimas de las Torres Gemelas, sino en homenaje a los verdugos de la democracia" en ese país y advirtió si "no sería hora de llamarla Salvador Allende, en homenaje a la dignidad de la democracia y de la palabra".

Forjador del pensamiento crítico contemporáneo, Galeano, de 67 años, instó a los latinoamericanos a juntarse "no solamente para defender el precio" de sus productos "sino el valor de nuestros derechos" y subrayó que los países ricos que ejercen soberbia, "su riqueza come pobreza y su arrogancia come miedo".

Embelesados por la riqueza literaria de su obra, los asistentes al acto hicieron que Galeano nadara en una multitud de abrazos, ofrendados entre otros por sus compatriotas Daniel Vidart (antropólogo, investigador y escritor) y Daniel Viglietti (cantautor).

Desde el exterior, llovieron adhesiones firmadas por los presidentes Luiz Inacio Lula da Silva (Brasil), Cristina Fernández (Argentina), Michelle Bachelet (Chile), Hugo Chávez (Venezuela) y Evo Morales (Bolivia).

Empero, no pasó inadvertida la ausencia de salutaciones de los gobiernos de Paraguay y del propio Uruguay, cuando el correo reflejó exultación hasta de los lugares más distantes, como la República Árabe Saharaui Democrática.

Tampoco faltaron las congratulaciones del reconocido y centenario arquitecto brasileño Oscar Niemeyer y del escritor y poeta uruguayo Mario Benedetti.

Recientemente declarado 'Ciudadano Ilustre' de su Montevideo natal, Galeano sumó en la jornada un nuevo reconocimiento, mediante el cual "el Mercosur se anotó una estrella en su cielo fulgurante", destacó Fernando Lugo.

Con el golpe de Estado de 1973 en Uruguay, que instauró una cruenta dictadura, Eduardo Hughes Galeano vivió exiliado en Argentina y España hasta el advenimiento de la democracia en 1985.

Desde sus inicios como periodista en 1954 hasta la publicación de su libro más reciente "Espejos: una historia casi universal", la prodigiosa pluma se mostró comprometida con la realidad de los pueblos latinoamericanos hasta ir al rescate de una memoria secuestrada, que hoy irradia orgullosa fulgores de libertad.

http://afp.google.com/article/ALeqM5gCfbxptEQmrABsLkIJHlFySu8dOA

6 Junio 2008

Eugenio Montejo

Ayer jueves 5 de junio, en horas de la noche, falleció a los 69 años el poeta venezolano Eugenio Montejo, quien había sido hospitalizado desde la semana pasada en el Centro Policlínico Valencia, de la capital del estado Carabobo, donde se encontraba en terapia intensiva a causa de un cáncer en el estómago que lo aquejaba desde hacía varios meses.

Nacido en Caracas en 1938, se caracterizó por la rica gama textual y el gran dominio de las formas, constituyéndose en un gran representante de la poesía suramericana. Publicó, entre otros, los poemarios Élegos (1967), Muerte y memoria (1972), Algunas palabras (1977), Terredad (1978), Trópico absoluto (1982), Alfabeto del mundo (1986), Adiós al siglo XX (1997), Partitura de la cigarra (1997) y Papiros amorosos (2002), así como los libros de ensayo La ventana oblicua (1974), El taller blanco (1983) y El cuaderno de Blas Coll (1981). Su más reciente poemario, Fábula del escriba (2006), fue publicado en España y México, pero no ha sido reproducido editorialmente en Venezuela, como tampoco sus obras completas.

Montejo fue fundador de la revista Azar Rey, cofundador de la revista Poesía, de la Universidad de Carabobo (UC), casa de estudios que, al igual que la Universidad de los Andes (ULA), le confirieron el doctorado honoris causa a este hombre de letras como un modesto homenaje a su trayectoria literaria.

También fungió como investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) y colaboró de manera cercana con gran cantidad de revistas nacionales y extranjeras, trayectoria que le valió el Premio Nacional de Literatura en el año 1998. En octubre de 2005 obtuvo el Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo, donde pronunció su discurso “Honor, alegría y responsabilidad”, una semblanza de su vida artística.

Quizás su obra logró la mayor trascendencia fuera de las fronteras venezolanas con la mención que de un poema suyo hace el actor Sean Penn en la película 21 gramos, del director mexicano Alejandro González Iñárritu: “La tierra giró para acercarnos / giró sobre sí misma y en nosotros / hasta juntarnos por fin en este sueño”, fue el extracto de los versos que dieron la vuelta al mundo a través de la pantalla grande.

Montejo recibió importantes galardones por su obra literaria y sirvió en el campo diplomático como embajador en Lisboa durante varios años, tiempo en que se convirtió en especialista de la obra de Fernando Pessoa.

Justamente de Pessoa tomó la afición por los heterónimos, y con el de Eduardo Polo publicó el poemario para niños Chamario (2004), editado por Ekaré e ilustrado por Arnal Ballester. Esa “poesía para chamos”, y de allí el título, se caracteriza por la ruptura con las convenciones, como por ejemplo la rima, que respeta y destruye al mismo tiempo: “Un niño tonto y retonto / sobre un gran árbol se montó. / Con su pelo largo y rubio / hasta la copa se subió”; el juego con las palabras: “La bici sigue la cleta / por una ave siempre nida / y una trom suena su peta... / ¡Qué canción tan perseguida!”.

Recientemente, Montejo también mostró su preocupación por la situación de la literatura en el país, en el marco de la Revolución Bolivariana. A pocos días del incidente entre el presidente Hugo Chávez y el Rey de España, el escritor declaró que en Venezuela existía una “censura velada” a los medios de comunicación y una “situación poco favorable para los intelectuales”. Denunció que Chávez impulsaba la “literatura propagandística” y que “ha retirado su apoyo a todas las editoriales que no comulgan” con sus ideas.

Fuentes: El NacionalEl UniversalNotitarde

Sobre TINTA VERDE

Me preguntaron una vez, qué quieres que se diga de ti? Simplemente que soy una mujer que escribe para no llorar y en el intento de escribir echa a volar las palomas de sus muertes y resurrecciones. Bienvenidos a mi buhardilla! Aquí cada uno se acomoda como puede y todos tienen cabida. La conversa es gratis... y los sueños también. Ya nos vemos! Lu Leyendo mis poemas en la Casa de la Cultura de Maipú Monedas - Armando Rubio "Engominado, pulcro, penetro en las iglesias altivamente cirio con mi cara de hostia dominguera. Y me arrodillo, y me confieso, y me persigno, y regreso a la calle para comprar barquillos con monedas hurtadas al abuelo." ......................................

Itinerario, directorio cultural de Hispanoamérica

............................. ........................... Variations From Rossinis - Paganini