Por  Pedro Pablo Guerrero

Fragmento

 Un grupo de especialistas integrado por académicos, poetas y antologadores aceptó el desafío de elegir los cinco mejores poemas aparecidos entre 1999 y 2009. El resultado: una gran diversidad de voces, generaciones y miradas.

 Fue este ejercicio el que propusimos a críticos, profesores de literatura, académicos de la lengua, poetas y antologadores. Cada uno eligió los que, a su juicio, son los cinco mejores poemas chilenos publicados entre 1999 y 2009. Una cantidad y un lapso arbitrarios, pero lo suficientemente amplios para apreciar escenarios de continuidad y renovación. Algunos encuestados aceptaron el desafío aun mayor de escoger el texto más logrado de los cinco. Otros no llegaron a tanto. Las respuestas evidencian una dispersión que confirma la diversidad característica de la tradición poética chilena. Y aunque la encuesta indaga por textos y no por autores, dos nombres se repiten: Rosabetty Muñoz (dos poemas) y Oscar Hahn (tres poemas). Otros son un auténtico hallazgo; todavía una apuesta, en algunos casos.

  

GONZALO CONTRERAS

Poeta, autor de la antología "Poesía Chilena desclasificada"

 

  1. "El arte de la elegía", de Rafael Rubio (Luz Rabiosa, Camino del Ciego, 2007
  2. "Arte Poética", de Lila Calderón (Poéticas de Chile, Editorial Étnika, 2007)
  3. "Torres Gemelas", de Oscar Hahn (En un abrir y cerrar de ojos, Visor, 2006)
  4. "No! [o las categorías visuales de la gloria trágica 0], de Héctor Hernández (NO, Ediciones del Temple, 2001)
  5. "Poética" de Piero Montebruno (Poéticas de Chile, Étnika, 2007)

 

Elijo "El arte de la elegía" por sobre todos los demás. Es un poema extraordinario. Por la original forma -ironía mediante- de reciclar un motivo tan difícil de abordar. Por la claridad conceptual que tiene el oficio del poeta. Por su capacidad crítica, aguda e implacable. Una lección de alta poesía. Un poema a la altura del lisboeta Pessoa".

  

EL ARTE DE LA ELEGÍA   

Rafael Rubio

 

Todo consiste en llegar al justo término
y después, dar a luz la voz:  dejar
que se complete la muerte. Nadie va

a lamentar una metáfora imprecisa
ni un epíteto infeliz, cuando la muerte
está viva en el poema.
                                    Todo estriba
en simular que nos duele la muerte.
Sólo eso: hacer creer que nos aterra

morir o ver la muerte. Imprescindible
elegir una víctima que haga
las veces de un destinatario: el padre

o el abuelo o el que fuere, con tal
que su muerte haya sido lo bastante
ejemplarizadora como para

justificar una ira sin nombre. Impostarás
la voz hasta que se confunda con
el ciego bramido de una bestia. Así

infundirás piedad en tu lector.
Recomendable el terceto pareado si se quiere
seguir la tradición del abandono, leerás

la elegía de Hernández a Ramón Sijé
o la que en don Francisco de Quevedo, maestro
en el arte de la infamia versificada

inmortalizara a fulano de tal.
                                             Debe ser
virtuoso el uso del encabalgamiento:

echar mano a aliteraciones de grueso calibre
para reproducir la onomatopeya del desamparo
que la elegía debe -aunque no pueda- sugerir.

El uso de la rima debe ser implacable:
el primero con el tercero, consonante
con perfecta -aunque engañosa- simetría.

(El segundo con el primero del terceto
siguiente, encadenados, como están

ayuntados los bueyes de la angustia
en los vastos potreros del poema)

Importa sobre todo, la verosimilitud de
tu desgarro y no el desgarro mismo:  
el dolor puede ser de utilidad

siempre y cuando no atente contra la
rigurosidad del edificio
el templo del poema debe estar

sostenido por los números. Sólo eso
será garantía de profundidad
si se quiere atraer la compasión
 
de un lector habituado al verso libre.
No  importa la belleza. La verdad
será requisito indispensable

a la hora de urdir una elegía 
que merezca el prestigio de la muerte
o la inclusión gozosa y dolorosa

en el canon de la nueva poesía española.                              
Deberás entender a fin de cuentas
que el poema no es más que un ejercicio:

no va a hacer que se levanten los muertos
ni hará que tu padre retorne
del oscuro país de los dormidos

porque ya no habrá país del que volver
ni esperanza tampoco, ni poema.
 
Evitarás el troqueo, como quien
huye de si mismo.
                              El ritmo yámbico
será recomendable en estos casos
siempre cuando haya unidad de fondo y forma.

Repartirás los acentos de tal modo
de sugerir la solemnidad mas aplastante
el ritmo de una marcha funeraria
                 
o el réquiem de Mozart, por ejemplo:
tarea en extremo dificultosa
si se tiene el oído acostumbrado

al vicio del martillo o del tambor.               
El dolor es un lujo que muy pocos
pueden permitirse. Y si es así

que no sea sino un vulgar pretexto

para erigir el templo del poema: un
edificio cuyo lujo te avergüenza
ha de ocultar las ruinas sobre las que
                                     se sostiene:

palabras que desprecia el albañil.
                                                 El oficio
se ejerce en la oscuridad o en el abismo                 
o en una mesa de disección.                       
                            No habrá de ser
de otra manera la escritura, si se quiere     
ver la muerte morir en el poema.

Si hablas de tu padre será con rencor
y no con el barato lloriqueo
de los pobres de espíritu. Odiarás

con honda intensidad lo que te quede
de él en la memoria. No es
imprescindible que el mundo se entere

de tu ruina pringosa, pero si
el poema lo requiere así, confiésalo
pero que sea solo una vez:

de tu dolor da cuenta tu silencio.
Arrasarás con todo lo que obstruya
la lectura fluida del poema,

entenderás, al cabo, que el silencio
es la onomatopeya de la muerte,
has de darle lugar en la elegía. Así                                     

evitarás la asfixia de lector.

Has de expulsar los ripios, con un látigo:
no entrarán en el templo de tu padre
fariseos ni ciegos mercaderes

de la palabrería.
                             Barrerás
con todo lo que no contribuya
al despliegue lujoso de la retórica

y lo demás entrégalo a los perros.
Entenderás por fin que una elegía
es cosa de vida o muerte.
           O bien, al menos
te será un sustituto del suicidio.                 

En el arte del corte de los versos
es maestra la muerte.
                                    Deberás           
aprender de ella, si pretendes
que tu elegía sea ejemplar:

un asunto tan delicado como la muerte
requiere tal manejo del oficio
que sería necesario la inmortalidad

para aprenderlo con éxito o morir.
No podrás desasirte del peso de una larga
tradición familiar en el oficio

(Padre, espíritu santo, santo, santo
el hijo: ni un gargajo moribundo
del talento del abuelo. Ni un terceto

construido con el mínimo sentido
de la musicalidad: una vergüenza)

Ni de las taras impuestas por tus malas lecturas
de la poesía del siglo de oro español.

Si escribes de tu padre que sea con violencia:
lo matarás de nuevo en tu elegía
no de otro modo lograrás el beneplácito

de la palabra habituada al abandono.
Que no tendrás sosiego mientras dure
la escritura del poema. Así de grave
                                  
y cojonudo el arte de escribir
sobre la piel de un cadáver.
                                Sólo quien
ve la muerte de su padre, podrá dar
notable fin a una elegía.
                                        (como éste)
¡Un remate que haga remorderse de envidia
-en su tumba-
a Quevedo, a Fray Luis, a Garcilaso!

 

 BRUNO CUNEO  

1. "Guiados por la inercia de la edad", de Juan Cristóbal Romero ( Rodas , Tácitas, 2008)

2. "Paseo", de Cristóbal Joannon ( Tabula Rasa , Tácitas, 2005)

3. "Metafísico sin causa", de Virgilio Rodríguez ( De ocio y cielo , Beuvedrais, 2007)

4. "Mudanza (I)", de Alejandro Zambra ( Mudanza , Tácitas, 2003)

5. "Yacente", de Gonzalo Millán ( Autorretrato de memoria , UDP, 2005)

"Me niego a justificar solamente uno, detesto las listas (blancas o negras) y me parece pedante Harold Bloom. Un buen poema, según creo, es un artefacto capaz de poner en palabras -agrupadas de manera cada vez única, inédita y fascinante- la experiencia de nuestro contacto efectivo con lo efímero del mundo y con los oscuros poderes que gobiernan nuestra existencia. Todos los poemas que he nombrado satisfacen para mí esa condición y me han otorgado alguna vez la 'emoción de un reconocimiento': la emoción de descubrir mis intereses y sentimientos más legítimos, para los que yo mismo no había encontrado las palabras. Baste por ahora con esto".

  GUIADOS POR LA I NERCIA DE LA EDAD      

Juan Cristóbal Romero

Las cosas son recuerdos de sí mismas.

Y sus nombres se extienden hacia nuevas

acepciones, de cuyas existencias

no somos advertidos sino al tiempo

que el nombre ya está muerto para el alma.

Una ventana no es una ventana:

un hoyo en la pared a media altura

reducido a su exacta utilidad.

El techo: un mar de naipes que amenazan,

al primer sobresalto, derrumbarse.

Casas siamesas, plantas de interior,

jardines con sus árboles talados

de blanco -signo de higiene y ornato-

en un torcido gesto, casi bello

o a lo menos sedante para el tipo

que no resiste tanta realidad.

Esto sería lo más conveniente:

que los días se lean a sí mismos

en el lenguaje de la adolescencia.

Fuimos sacados de contexto. Juego

de frases, donde no hay palabras falsas

ni correctas, sino mal entendidas.

Qué me pediste y no te di, que sales

con que te debo un tercio de la vida.

La palabra empeñada se reclama

con un sentido nuevo, tan distinto

de lo que alguna vez se pretendió.

Hicimos lo que hicimos sin medir

las consecuencias, todo lo veremos

en el camino, me dijiste, presa

de no sé qué fantástico optimismo.

Y confié, más guiado por la inercia

de la edad, el ejemplo y esos prácticos

usos, que por la propia voluntad.

Los nombres de las cosas son menciones

de cualquier cosa, menos de sí mismas.

Sólo podemos encontrar palabras

para lo que está muerto ya en el alma.

Juan Cristóbal Romero (1974) es autor de Marulla (2003), Libro Segundo de las Cartas de Horacio (2006) y Rodas (2008).

 

 

CEDOMIL GOIC
 
1. "Autorretrato", de Ximena Sepúlveda ( Para viola de amor de muchas cuerdas , 2008)

2. "Me veo envejecer en las estrellas", de Óscar Hahn ( Pena de vida , Lom, 2008)

3. "¿Y tú me lo preguntas?/ Antipoesía eres tú", de Nicanor Parra ( Artefactos visuales , UDP, 2001)

4. "Elogio de la poesía", de Omar Lara ( Papeles de Harek Ayun , Visor, 2007)

5. "Muerte, ¿dónde está tu aguijón", de Manuel Silva Acevedo ( Escorial , 2007)

"Imposible leerlo todo. Diez años son muchos y cinco poemas no son pocos. Quedarán muchos fuera, porque habría que tener todos los libros y esto no es posible. Recuerdo algunos tan buenos o mejores, pero no tengo los libros a mano. No quiero disminuir los elegidos que dialogan con lo mejor de la poesía, hablan de ella -y de la antipoesía-, hablan del hombre, de la mujer y del tiempo que nos mata. Poesía del yo, poesía del tú, poesía de lo otro. Escritos con originalidad y dependencia, con humor e ironía. De Quevedo y Rodrigo Caro a Gustavo A. Bécquer, entre otros".

 ME VEO ENVEJECER EN LAS ESTRELLAS

Óscar Hahn

Me veo envejecer en las estrellas

de cine: las contemplo cada noche

en la pantalla del televisor

Aparecen en vivo

aunque están a dos pasos de la muerte

Sus caras mustias

son el espejo de mi propia cara

Sus párpados caídos son mis párpados

Su piel rugosa ya es mi propia piel

Estos hijo ay dolor que ves ahora

ojos de soledad mustios semblantes

fueron un tiempo jóvenes famosos

Ese anciano de manos temblorosas

y pelo blanco un día fue Paul Newman

el seductor de los ojos azules

Y esa señora cuya piel estirada

le impide sonreír es Elizabeth Taylor

conquistadora como Cleopatra

De esta invencible gente

sólo quedan memorias funerales

Contempla hijo estas reliquias bellas

para ejemplo del mundo y sus estrellas.

 

 IVÁN CARRASCO

Profesor de la Universidad Austral de Chile

  1. "En nombre de ninguna" de Rosabetty Muños (En nombre de ninguna, El Kultrún, 2008)
  2. "Pre-Epitafio, de Floridor Pérez (Tristura, Tácitas, 2008)
  3. "El mar", de Raúl Zurita (INRI, FCE, 2004)
  4. "Poemas viejos (2), de Carlos Trujillo (Palabras, Alberto Chiri Editor, 2005)
  5. "Ralúm. Relámpago", de Adriana Pinda (Revista Pentukun, 2000)

 

"Me gusta más "En nombre de ninguna", porque es gemido funerario y palabra profética que denuncia y realiza el duelo por el asesinato de los hijos mediante imágenes estremecedoras; el "Pre-epitafio", porque cuenta con gracia e ironía popular el curso de una vida humana: "El mar", porque el ritmo alucinante arrastra las imágenes y metáforas de la vida, la muerte y el renacer durante el tiempo aciago; "Poemas viejos" (2), porque es una reflexión precisa y emotiva sobre los efectos de la lectura poética; y "Ralúm. Relámpago, porque me trae la voz del pasado y del futuro, y me ilumina...."

 

EN NOMBRE DE NINGUNA

Rosabetty Muñoz

 

Se suceden en procesión

hacia el altar de la sangre

estas jovencitas

con sus crías en bolsas negras.

Hay otras debajo de las tablas del piso

y enterradas con las flores del jardín.

En pecado mortal

están las hijas de la patria.

Actúan ellas en nombre de ninguna.

 

 ANA TRAVERSO

Académica de la Universidad Austral de Chile 

  • 1. "Nada tiene que ver el amor con el amor", de Verónica Jiménez (Palabras hexagonales, Quimantú, 2002)
  • 2. "30" o "En una laguna del parque Saval", de Galo Ghigliotto (Valdivia, Mantra, 2006)
  • 3. "Ceremonia del amor", de Jaime Huenún (Ceremonias, Universidad de Santiago, 1999)
  • 4. El excesivo equipaje no deja caminar a la sombra", de Javier Bello (Letrero de Albergue, Norma, 2007)
  • 5. "(Huele a esencias)", de Rosabetty Muñoz (Ratada, Lom, 2004)

Muchos de los libros de las últimas décadas son orgánicos, es decir, poseen una trama y, por lo mismo, cada uno de los poemas articula una parte de esa  historia. Hay otros libros, en cambio, cuyos poemas logran independizarse incluso de su autor. De este tipo son estos cinco, que podrían ser también otros cinco. La particularidad de éstos es que podrían formar parte del mismo libro.

 

NADA TIENE QUE VER EL AMOR CON EL AMOR

Verónica Jiménez

 

Nada tiene que ver el amor con el amor
nada tiene que ver la sed con el agua que arrebata
ni la primavera con la flor que se desprende del tallo.
Son sólo ejemplos.

El amor tiene que ver con la costumbre de mirarse a los ojos repetidas veces
el amor tiene que ver con la costumbre
de buscar en los ojos contrarios el eco de un relámpago
o palabras amables tras las máscaras estrictas del silencio.

No tienen que ver con el amor las prolongaciones del estío
ni las hojas que se desprenden exhaustas de los árboles
ni las hojas que se aferran como gusanos de los árboles.
Es un ejemplo.

El amor tiene que ver con una casa aplastada por la lluvia
con habitaciones a oscuras y con charcos
con las tristes camisas aferradas al vacío del aire
con los chalecos sin destino empujados al fuego
con un par de ojos sofocados en su espejo.

El amor tiene que ver con la costumbre de mirarse a los ojos repetidas veces
y atizar las llamas de los charcos repetidas veces
y alojar la lluvia en habitaciones oscuras repetidas veces.

El amor tiene que ver con huir de nuestras habitaciones
con fundar en el barro una nueva ciudad para guarecernos
con vestirnos en nombre del amor con una nueva guirnalda de granizos
con detestar en nombre del amor los frutos y los árboles.

Nada tiene que ver el amor con el amor.
Nada tiene que ver el amor con las palabras que engendra.