Carlos Soria Galvarro *
Suele decirse por error que los hombres de acción, eminentemente prácticos, desprecian las teorías. Por tanto son muy poco aficionados a la lectura y nada amigos de los libros. No hay tal. La vida está plagada de ejemplos en contrario.
Los grandes transformadores de la humanidad, aquellos que dejaron huellas en su paso por la historia, fueron por lo general asiduos lectores y amantes de los textos, independientemente del soporte material donde hayan estado escritos, sea éste la piedra, el papiro, el bambú, la madera, la arcilla, el pergamino, el códice manuscrito o el libro impreso en papel. Ahí están para la muestra: Alejandro Magno, Napoleón Bonaparte, Simón Bolívar o Ernesto Che Guevara.
El Che era un lector compulsivo, devoraba los libros que estaban a su alcance. Todos sus biógrafos están de acuerdo en esta cualidad irrefrenable. El Che desde muy niño se tragó las novelas de aventuras de Emilio Salgari, Julio Verne y Alejandro Dumas. Ya adolescente, tenía por costumbre abordar lecturas extraescolares que reflejaban su afición por las matemáticas, las ciencias naturales, la historia y la geografía y le permitían tener calificaciones aceptables, a pesar de su comportamiento rebelde y poco apegado a las formalidades. Sus amigos cuentan que sus gustos de lectura eran muy variados y eclécticos: desde Sigmund Freud hasta Jack London, pasando por Pablo Neruda, Horacio Quiroga, Anatole France y una versión original de “Las mil y una noches”. Incluso un compendio de “El Capital” de Marx del que años después confesó no haber entendido nada.
Es de suponer que el Che no solamente encontraba en la lectura los horizontes que su personalidad inquieta y sensible requería, sino también que leía con verdadero placer.
No sé si él fue el inspirador, quizá sólo indirecto, de la frase que encontré en una antigua publicación cubana y de la que siempre me aproveché en la docencia universitaria para incentivar a la lectura entre los estudiantes, dice así: “No hay peor ciego que el que no quiere leer…”. Frase que volví a recordar por asociación de ideas cuando en 1998 la Comuna de Roma invitó a un coloquio internacional, denominado “Lecturas sobre el Che”, precisamente porque la estadística de su sistema de bibliotecas públicas indicaba el enorme interés de los italianos, en particular los jóvenes, por buscar textos del Che y sobre el Che.
No sólo de pan…
Durante la Feria Internacional del Libro en La Habana en 2003, tuvimos la ocasión de conocer al ahora general en retiro Harry Villegas Tamayo, alias “Pombo”, uno de los cercanos colaboradores del Che, en la Sierra Maestra, Congo y Bolivia. Sobrevivió a la guerrilla de 1967 junto a otros dos cubanos y dos bolivianos. La travesía de más de cuatro meses, desde el sudeste boliviano hasta la frontera con Chile donde llegaron los tres cubanos con dos guías bolivianos.
Preguntamos a Pombo qué hacían con tantos libros cuando las urgencias supremas eran conseguir alimento y agua y sortear los ataques del ejército boliviano, asesorado, entrenado y pertrechado por EEUU. “No sólo de pan vive el hombre, chico”, nos contestó a tiempo de confirmar que el Che llevaba libros en su mochila y repartía algunos otros en las mochilas de los guerrilleros, además de que en las cuevas donde ocultaban el armamento, las vituallas y medicinas también se guardaban libros.
Cuesta imaginar las condiciones extremas en que estos hombres, hambrientos y desarrapados, circulaban por las tierras bolivianas imbuidos por la utopía de una sociedad justiciera y un continente liberado. Contaban para ello con el carisma casi místico e inigualable de su jefe, la fuerza de sus convicciones y el respaldo de muchos libros que llevaban consigo como parte de su instrumental bélico.
Bibliografías de campaña:
Cuba, Congo y Bolivia
En dos hojas de una de sus libretas de la Sierra Maestra aparece una lista de títulos y autores lo que podría ser una selección o un plan de lecturas, modalidad que después se encuentra también entre sus apuntes del Congo y de Bolivia.
En el primer caso, durante su campaña en Cuba, en la lista encontramos clásicos como Esquilo, Aristófanes, Homero, Shakespeare, Cervantes, Goethe, Toynbee, Quevedo y Tolstoy; novelistas latinoamericanos como Miguel Ángel Asturias y Rómulo Gallegos y el ensayista José Ingenieros; autores cubanos como José Martí, Nicolás Guillén y varios referidos a la historia de Cuba y de sus héroes, lo que denota su interés por conocer más sobre la isla con la que había unido su destino.
En el segundo caso, la lista es más abundante y está fechada por meses. Se inicia en marzo de 1965, cuando sale de circulación para incorporarse a la expedición secreta que Cuba organizaba en apoyo de los seguidores del líder independentista Patricio Lumumba, asesinado poco tiempo antes. Se interrumpe en noviembre de 1965, mes de su penosa salida del Congo y se reanuda en agosto de 1966, que es cuando regresa a Cuba de incógnito luego de permanecer primero en Dar es Salaam, la capital de Tanzania, reescribiendo sus apuntes sobre la experiencia africana, y luego en Praga, buscando concretar un nuevo proyecto revolucionario en algún país latinoamericano.
El último mes de esa lista bibliográfica aparece con apenas la mención a dos libros, es de octubre de 1966, prácticamente la víspera de su partida hacia Bolivia.
Hay en esta lista bibliográfica afro¬cubana del Che otra vez una gran variedad de autores, desde clásicos a modernos. Suetonio; de nuevo Homero, Goethe y Shakespeare; novelistas como Juan Goytisolo, Lezama Lima, Ciro Alegría, Martha Traba, Pio Baroja, Sinclair Lewis, Máximo Gorki y otros. Ensayistas como Baldomero Sanín Cano; obras escogidas de clásicos del marxismo como Lenin y Mao Tse Tung; el infaltable Martí, varias biografías y libros de historia, algunos referidos al Africa y sus problemas.
Resulta paradójico que en la larga lista de libros leídos o por leer en noviembre del 65, mes de su derrota en el Congo, figure el clásico Karl von Clausewitz con su famoso texto “Los principios fundamentales de la dirección de la guerra”.
Las lecturas bolivianas
En cuanto a la lista bibliográfica boliviana, ella es muy interesante por muchos conceptos. Se supo que existía y se la conoció fragmentada cuando el Che fue capturado el 8 de octubre de 1967 en la quebrada del Churo.
Asesinado al día siguiente en la escuelita del poblado de La Higuera, su cadáver fue transportado en el patín de un helicóptero a Vallegrande donde, una vez lavado y acicalado, fue exhibido en su imagen crística sobre la lavandería del patio trasero del entonces Hospital Señor de Malta, aquel memorable 10 de octubre de 1967. En forma paralela mostraron también sus diarios, papeles y algunos objetos que le fueron incautados.
Luego vino la publicación del célebre diario del Che, julio de 1968, en condiciones increíbles por lo novelescas y estrambóticas pues, mientras el gobierno boliviano negociaba la venta de los derechos a editoriales norteamericanas, una copia en microfilm salió de Bolivia vía Chile y llegó a manos de Fidel Castro quien lanzó una edición mundial de enorme impacto, dejando con los “crespos hechos” a gobernantes bolivianos y editoras estadounidenses.
Se armó un revuelo mundial, entre otras cosas, porque el entregador de las copias resultó el propio ministro de Gobierno, Antonio Arguedas Mendieta, quien sin alcanzar a presentar su renuncia, huyó una noche hacia la frontera chilena cuando el cerco de la investigación se estrechaba a su alrededor (la violenta y horrorosa muerte de Arguedas, en febrero de 2000 –a causa de una explosión–, ha replanteado nuevas inquietantes preguntas sobre su rol en esta historia).
Pero, de la lista de libros consignada en las páginas finales de la agenda alemana que contiene la segunda parte el célebre diario, casi no se volvió a hablar.
El histórico manuscrito que refleja día por día las vicisitudes de la guerrilla quedó como trofeo de guerra en el archivo de las fuerzas armadas bolivianas junto a miles de papeles, otros diarios, cartas, informes, declaraciones y un inmenso caudal documental producido por los acontecimientos. Pero aquí no acaba la historia. En 1980, a García Meza, dictador militar que ahora cumple una sentencia de 30 años en Chonchocoro, se le ocurrió vender de forma clandestina los originales del diario del Che, junto a los de Pombo y otros papeles, los mismos que fueron a dar a Sotheby’s, una conocida casa rematadora de Londres que anunció la subasta sobre la base de 350.000 dólares.
Una oportuna intervención de la diplomacia boliviana logró la suspensión del remate y, tras un sonado juicio, recuperar los documentos. Ellos fueron devueltos a Bolivia y se guardan hasta hoy en un sobre lacrado dentro de una gaveta de las bóvedas del Banco Central.
Dada mi dedicación al tema y luego de laboriosas gestiones, rodeado de estricta seguridad y levantando un acta notarial especial, logré acceder a esta documentación en dos oportunidades, de allí obtuve entre otras, fotografías de las cinco páginas de la bibliografía que el Che manejaba (ver fotografías).
Se trata primero de una lista general de 49 títulos con sus autores, sin orden alguno, contenidos en dos páginas. Luego, en tres páginas seguidas, otros 60 títulos más, repartidos mes tras mes, desde noviembre de 1966, cuando llegó a Bolivia, hasta septiembre de 1967, el último antes de su muerte.
¿Esta lista muestra los libros ya leídos o que el Che se proponía leer en el mes respectivo? Esto no está muy claro, sin embargo, llama la atención el número desigual de títulos anotados, mientras en el primer mes hay 26, en junio no hay ninguno y en el último hay apenas uno; la tendencia a la disminución podría indicar el empeoramiento de las dramáticas condiciones en las que se movía la guerrilla en los postreros días de su existencia.
Pedimos a José Roberto Arze, miembro de las academias bolivianas de la Historia y de la Lengua, uno de los bibliógrafos más destacados de Bolivia, que comentara esta lista de libros de la agenda del Che e intentara agruparlos temáticamente. Esto es lo que él nos presentó en un notable artículo publicado hace algunos años:
¿Esta lista muestra los libros ya leídos o que el Che se proponía leer en el mes respectivo? Esto no está muy claro, sin embargo, llama la atención el número desigual de títulos anotados, mientras en el primer mes hay 26, en junio no hay ninguno y en el último hay apenas uno; la tendencia a la disminución podría indicar el empeoramiento de las dramáticas condiciones en las que se movía la guerrilla en los postreros días de su existencia.
* El presente texto de estas páginas en su versión original corresponde a su ponencia en el Encuentro Internacional de Escritores por el fomento del libro y la la escritura “Al sur de la palabra”, Puerto Montt, Chile.
http://www.la-epoca.com/verporseccion.php?CIDSUPLEMENTO=5&CIDARTICULO=9968


Me preguntaron una vez, qué quieres que se diga de ti? Simplemente que soy una mujer que escribe para no llorar y en el intento de escribir echa a volar las palomas de sus muertes y resurrecciones.
Bienvenidos a mi buhardilla! Aquí cada uno se acomoda como puede y todos tienen cabida. La conversa es gratis... y los sueños también.
Ya nos vemos!
Lu
Leyendo mis poemas en la Casa de la Cultura de Maipú
Monedas - Armando Rubio
"Engominado, pulcro,
penetro en las iglesias
altivamente cirio
con mi cara de hostia
dominguera.
Y me arrodillo,
y me confieso, y me persigno,
y regreso a la calle
para comprar barquillos
con monedas hurtadas al abuelo."
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