Por Tito Matamala*
Aunque parezca cuestión secundaria y de poca exigencia, el nombre de un libro determina su grado de inmortalidad. No es lo mismo una palabra loca y suelta, que una extensa frase declamatoria. Es una técnica que no se enseña en los talleres literarios.
Cuantas veces en un escaparate se ha dejado tentar por un libro sólo porque el nombre le llamó la atención, sin conocer siquiera el nombre del autor? Y luego, en casa, capaz que se haya sentido defraudado con el producto. O tal vez tuvo suerte, y aquel título que lo embrujó era una representación minimalista de la novela, un extraordinario ejercicio de concisión para meter todo el argumento y las emociones en tres o cuatro palabras. Virtudes y desgracias de esas frasecitas que van en la portada de los libros. Los escritores no siempre aciertan en el bautismo de sus criaturas: suelen ser crípticos en exceso, o confían en que sus obras aprobarán el juicio del público y la crítica pese a la flojera de un nombre común, sin esfuerzo, a la rápida (omitiré los ejemplos). Asimismo, y como un signo de los tiempos modernos, también deben lidiar con la visión de mercado de un editor más preocupado de vender un objeto que de trascender en la literatura universal. Ahí, luego se saca el promedio. Ya ve, es muy grande la responsabilidad de poner nombre, uno puede jugarse el futuro y hasta el pellejo. El titular de un obra literaria se asemeja a la función del adjetivo en una oración: cuando no da vida, mata. Aunque por cierto, esta afirmación no resiste el peso de la historia, llena de títulos insulsos que esconden textos sublimes. Anote ahí Seda, del italiano Alessandro Baricco. Si nos acercamos al tema por otro camino, podemos comparar los nombres de las novelas, volúmenes de cuentos y compendios de poesía con la evolución del titular periodístico. Recordemos que el periodismo es una rama de la literatura (Borges iba más allá: literatura fantástica, decía). Entonces, pensemos en eso fríos títulos tipo rótulo que imperaban en el siglo XIX, como Madame Bovary, y comparémoslos con la enorme carga de sugestión que hallamos en uno que es el epítome del siglo XX: Cien Años de Soledad, de García Márquez, que en un principio planificaba titular sólo: “ Tal como en los titulares de la prensa, la inclusión de un verbo otorga acción y vitalidad, truco que enseñan a rebencazos en las escuelas de periodismo. Observe el efecto en Los Trenes se Van al Purgatorio, de Hernán Rivera Letelier. Pero ¿será necesario –y legítimo- dejarse tentar por ardides sospechosamente publicitarios? ¿Debe la calidad de la obra supeditarse a un chispazo de genialidad, como si vendiéramos una nueva marca de cerveza? Claro que sí, todas las formas de lucha son válidas, compañero. Y más ahora, que ya casi se extinguen los que leen y compran libros, por lo que urge afinar la capacidad de seducción. El título de un libro es poesía pura: cuerpo, esencia y alma de su contenido. Es una ciencia tan compleja que el margen para el error es amplio, ahí donde caen todas las desafortunadas obras que no tuvieron la combinación apropiada de letras para grabarse en la memoria colectiva. Corto o largo, da igual, el título es el embrujo inicial, la etiqueta que nos atrapa o nos causa repulsa, o ambos sentimientos a la vez. ¿Con qué pie se habrá levantado de la cama Manuel Puig el día en que se le ocurrió llamar a su novela
Acotados a nuestra realidad de país de provincia, imaginemos ese instante en el que un escritorcillo con aspiraciones de grandeza busca el golpe que podría consagrarlo como un grande. En la estrechez de su teclado barajará las opciones: si casarse con una sola palabra, tal vez un garabato que levante polémica, una talla fácil, o con la paráfrasis de una fórmula ya probada y exitosa, cien años de algo, pubis algo, veinte poemas de algo, tengo miedo de algo… Y si ha alcanzado la precisión poética y matemática que demanda un título, ahora viene el trabajo más sencillo: escribir el resto del libro.
En mi caso, si me lo preguntan, soy dado a los títulos culebreros, como si intentara salvarme desde el principio con una verborrea adormecedora. De hecho, ahora trabajo en mi nueva farsa literaria que llamo: “El caso paradigmático de la novela de Carlos Cardoen, o en los muchos mundos implicados en la confusión de la verdad y la ficción en la narrativa hispanoamericana” Cómo les quedó el ojo. *Autor de Hoy Recuerdo


Me preguntaron una vez, qué quieres que se diga de ti? Simplemente que soy una mujer que escribe para no llorar y en el intento de escribir echa a volar las palomas de sus muertes y resurrecciones.
Bienvenidos a mi buhardilla! Aquí cada uno se acomoda como puede y todos tienen cabida. La conversa es gratis... y los sueños también.
Ya nos vemos!
Lu
Leyendo mis poemas en la Casa de la Cultura de Maipú
Monedas - Armando Rubio
"Engominado, pulcro,
penetro en las iglesias
altivamente cirio
con mi cara de hostia
dominguera.
Y me arrodillo,
y me confieso, y me persigno,
y regreso a la calle
para comprar barquillos
con monedas hurtadas al abuelo."
......................................
Los comentarios están cerrados