LA VISIÓN
Yacía obscuro, los párpados caídos hacia lo terrible
acaso con el fin del mundo, con estas dos manos insomnes
entre el viento que me cruzaba con sus restos de cielo.
Entonces ninguna idea tuve, en una blancura enorme
se perdieron mis sienes como desangradas coronas
y mis huesos resplandecieron como bronces sagrados.
Tocabas aquella cima de donde el alba mana suavemente
con mis manos que traslucían un mar en orden mágico.
Era el camino más puro y era la luz ya sólida
por aguas dormidas, resbalaba hacia mis orígenes
quebrando mi piel blanca, sólo su aceite brillaba.
Nacía mi ser matinal, acaso de la tierra o del cielo
que esperaba desde antaño y cuyo paso de sombra
apagó mi oído que zumbaba como el nido del viento.
Por primera vez fui lúcido mas sin mi lengua ni mis ecos
sin lágrimas, revelándome nociones y doradas melodías;
solté una paloma y ella cerraba mi sangre en el silencio,
comprendí que la frente se formaba sobre un vasto sueño
como una lenta costra sobre una herida que mana sin cesar.
Eso es todo, la noche hacía de mis brazos ramos secretos
y acaso mi espalda ya se cuajaba en su misma sombra.
Torné a lo obscuro, a larva reprimida otra vez en mi frente
y un terror hizo que gozara de mi corazón en claros cantos.
Estoy seguro que he tentado las cenizas de mi propia muerte,
aquellas que dentro del sueño hacen mi más profundo desvelo.
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LA INTOLERABLE UNIÓN DE LOS DESPOJOS

Todo se ha consumado de
golpe
Como una trompeta
te has partido en dos
y sale un chirrido
no sale de ti
sino de la sorda conclusión
del tiempo

Sale el fantasma
que porfiaba en las
conversaciones
Recuerdas?
Recuerdas el súbito crujido
de la seda?
La insurrección de las
sillas?
La camisa cada vez más
lívida?

Decías
Entré!
Pero nadie entraba
Pero un remolino de música
consumía el espacio
y quedábamos atónitos
sosteniendo
la cúpula encendida de
otro mundo

Ahora
el fantasma tiene aberturas
de boca
y nada dice
Nadie dice nada

Las cosas se apagan
lentamente
En tu feroz mordaza
quedan palabras quedan
besos

Nadie dice nada
porque nada tiene sentido
Lo irrevocable
es una verdad vacía
que nos acecha
sin razón verdadera

Al contemplarte
nos contemplamos
petrificados
vivos!

Oh forma! Oh crepitación
de la forma
que nos liberta de la nada
al mismo tiempo que a ella
nos conduce!

Debo alabar o
execrar
tu muerte
como el desdoblamiento
infinito
de una presencia apenas
perceptible
No sé
Tengo vendada el alma

Sólo quiero
ungir tus ojos con el
claror de mi vida

Te recuerdo
como un caballo espumoso
tascando
el freno de la muerte
como un cíclope
luchando contra una pared
cornuda
Tierno
cazando una estrella
perdida
en tu cuerpo

Humilde
cuidando una paloma
coja
Iracundo
ante la mesa vacía
del pobre

Te has juntado
contigo mismo?
Y de qué te vale
el cumplimiento de una
soledad
más vasta?
Allí
no sé dónde
tallando con tus dientes
un bosque de marfil
sin intención valedera?
Sólo abundabas en tu
prójimo.


El poeta, diplomático y educador Humberto Díaz-Casanueva nació el 8 de diciembre de 1906, en Santiago, en el seno de una familia de clase media católica, y recibió una formación religiosa durante su infancia. En 1914 ingresó al Liceo de Aplicación, del que fue expulsado el año 1921, al fundar el grupo de estudios Centro José Ingenieros y ser acusado de “hereje” por un profesor de religión. Continuó sus estudios en la Escuela Normal José Abelardo Núñez, obteniendo su título de profesor normalista a los 17 años.

En la primera mitad de los agitados años '20, Díaz-Casanueva comenzó a relacionarse con el ambiente literario e intelectual de la época, en el que conoció a Vicente Huidobro, Gabriela Mistral y Pablo Neruda, entre otros. De esos años, data su amistad con el poeta Rosamel del Valle, unión poética y fraternal que perduraría hasta la muerte del segundo. En 1926, Humberto Díaz-Casanueva publicó su primer libro, El aventurero de Saba, a la vez que participó activamente en las movilizaciones del profesorado en pro de la reforma educacional. La actividad gremial y política que desarrolló lo llevaría a su primer exilio en 1928, bajo la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo.

Poseedor de una poesía muchas veces catalogada de hermética, Díaz-Casanueva desarrolló en sus textos una poética que suele moverse en los límites de lo místico y la filosofía metafísica, como exhiben estos versos de La estatua de sal (1947): “Aquí está el mundo aparente y adentro el mundo sellado y ambos me son/ recíprocos y en ambos escarbo/ buscando la fuente que me derrama”. La suya es una búsqueda constante de preguntas en torno a la trascendencia y la existencia del hombre, evidenciada en gran parte de su proyecto escritural, como Réquiem (1945), La hija vertiginosa (1954) o El hierro y el hilo (1980), inspirada en su hija Luz Maya. Su obra funciona -al decir del poeta y crítico Naín Nómez en su Antología crítica de la poesía chilena, tomo II- “como puente entre el surrealismo y los antiguos poetas románticos y simbolistas”, en un momento de la poesía chilena dominado por las tendencias vanguardistas que surgieron en la primera mitad del siglo XX. Dan cuenta de ello diversos artículos y notas de prensa, de autores de la talla de Gabriela Mistral y Rosamel del Valle, entre otros.

Hombre de diversas capacidades, Humberto Díaz-Casanueva conjugó su oficio de poeta con su compromiso humano, desarrollando importantes labores de difusión y denuncia en torno al tema de los Derechos Humanos y la segregación racial. Estos y otros temas los abordó desde diversos discursos, escritos y artículos, así como desde su misma producción poética, como es el caso de El niño de Robben Island (1985). Además, desarrolló una larga carrera diplomática y académica, que se extendió incluso después del Golpe de Estado contra el gobierno de Salvador Allende, de cuyo gobierno Díaz-Casanueva fue embajador ante la ONU.

Miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua, se hizo merecedor del Premio Nacional de Literatura en 1971. Humberto Díaz-Casanueva murió en Santiago en 1992.

Memoria Chilena.