Se reedita en español la clásica biografía de Bernard Gavoty sobre el músico Frédéric Chopin. Aquí se indaga en su indefinición sexual, su aporte revolucionario al piano y, sobre todo, en su nostalgia casi enfermiza.

En septiembre de 1831, con 21 años apenas, Frédéric Chopin ya tenía intenciones de morir lo antes posible. De paso en la ciudad alemana de Stuttgart –en un largo viaje de Varsovia a París-, el joven prodigio del piano supo del fracaso de la insurrección polaca contra los ocupantes rusos.



“Desde luego la muerte es lo mejor que hay. ¿Y qué es lo peor, entonces? El nacimiento porque es lo contrario de lo mejor. ¡Cuánta razón tengo en deplorar el hecho de haber venido al mundo!”.



Este fragmento de un diario del compositor polaco recogido por el francés Bernard Gavoty es uno de los pasajes más reveladores de Chopin (1973), su magnífica biografía, recién editada en castellano.


Según Gavoty –fallecido crítico musical de Le Fígaro-, Chopin cargó durante el resto de su vida con aquel fardo de melancolía, que además nutrió cada una de sus obras compuestas en el París que lo acompañó entre 1831 y 1849, los últimos 18 años de una vida por demás no muy extensa. En la capital gala –donde la tuberculosis lo terminó de liquidar a los 39 años-, albergó también su nostalgia enfermiza por la patria abandonada en medio de la búsqueda del reconocimiento de la Europa culta del oeste.




Contra el estereotipo



Ante la imagen popular que muestra a un compositor exaltado de espíritu patriota, Gavoty presenta a un Chopin que añora el terruño natal más por melancolía propia de un espíritu taciturno que por convicciones políticas. Ante aquel dandy dibujado en alguna película de los 40, el cronista francés opone a un hombre de carácter tristón, pero que aún así ejerce un raro magnetismo en la sociedad aristocrática. Este último aspecto tiene que ver también con la inclinación innata del músico por el buen vestir y un lujo que apenas paga con sus pobres honorarios.



Si la historia predica que Frédéric Chopin dirigió su pasión viril hacia la excéntrica escritora francesa George Sand, el libro de Gavoty establece que la conducta sexual del pianista es, al menos, ambigua. Objeto particular de su afecto es su “amigo” Tytus Woyciechowski, granjero de carácter abierto y salud robusta –su opuesto-, a quien escribe misivas donde le confía sus secretos más íntimos.



Al respecto, las expresiones que Chopin prodiga hacia Tytus son terminantes: “¡Te amo hasta la locura! ¡Adoraría acariciarte una vez más, déjame besarte. Recibe mis sinceros abrazos, pues sólo te tengo a ti”.



A diferencia de su carácter –epítome del romántico-, sus gustos musicales son moderados –Bach y Mozart están entre sus preferidos- y no muestra interés por las apasionadas obras de sus amigos Liszt y Berlioz. En términos de ejecución, quiere hacer literalmente “cantar” al piano. Según Gavoty, si Beethoven quiso que el piano fuera como una orquesta, Chopin buscó moldearlo a imagen y semejanza de la voz humana con sus respiros, sus énfasis y sus quejas.



Además el biógrafo francés –que irritará a más de un melómano germanófilo- dice encontrar en el polaco al compositor perfecto, capaz de hacer que cada nota valga por sí misma, superando en este sentido a Mozart, Haydn y Beethoven, muchas veces ahogados, según él, en la rutina.



Para Gavoty, la existencia de Chopin marcó un antes y un después en la historia del piano. “El piano moderno nació con él”, sentencia este apasionado defensor del malogrado polaco, capaz de construir un retrato tan vital como la más furiosa de las polonesas del angustiado tuberculoso.




Rodrigo González. La Tercera Cultura – Letras/No Ficción.