EL DESTIERRO

Soñando con las aguas rizadas
y la tibieza del lecho
de un río lejano,
la piedra sigue la huella luminosa
del caracol.
Más allá le encuentra
absorto
sobre un libro abierto,
queriendo descifrar El Mundo Ancho y Ajeno.
El espiral y la peña solos
sin raíces en ninguna tierra
aúnan soledades como reos de la vida.
El gallo altanero
les vigila
y pasea su indolencia
al escuchar el murmullo
de los extraños
ensayando trasmutar el odio en amor,
a la espera del día
donde todo volverá a su sitio.
Las palabras van al aire,
no hay respuesta.

LOS QUE NO CANTAN

Junto a la piedra del amanecer
espero el soplo distinto
de los gallos.
En competencia con el reloj,
miran atentos
el lento transitar de los números
del cristal de cuarzo.
El operador del tiempo
titila
como si nada;
después de un guiño
a las cuatro menos uno
difunde un sonoro quiquirikí.
Me pregunto si lo hizo a propósito
para enmudecer la íntima vibración
del coro que abre el aire
cautivándome.

CUADROS DE NIÑOS


Los niños iraquíes

asomados al cielo de vidrios quebrados,

con medio cuerpo afuera

del marco vacío

tratan de imaginar el horizonte.

Sus enormes ojos

sólo ven las brumas de un mundo soterrado

y a un herido que brama

desangrado en lágrimas.

Estos rostros ocultos

bajo una máscara violeta

fingen una sonrisa.

Los desechos vivos,

hilvanados en el plan de la muerte

tienden sus brazos

en busca de un refugio que no encuentran.

Acurrucados en un charco sin salida

se balancean

al ritmo del desamor.


Beatriz Ortiz (Santiago, Chile)