Uno de los mecanismos aptos para poner en circulación determinadas protestas, escapando eventualmente a los rigores del censor, es lo que podríamos llamar las “magias de la lectura”. Toda obra literaria –todo producto de la escritura- se constituye a partir de la acción que el texto ejerce sobre el lector. Pero es bueno recordar también que dicho fenómeno, simultáneamente, es el resultado de la influencia que el lector ejerce sobre el texto. Y no me refiero a un destinatario abstracto, ni tampoco al “receptor implícito” de los teóricos. Estoy aludiendo a un lector real: al hombre de carne y hueso de Unamuno. Porque es el ser humano, con sus vivencias individuales y sociales a cuestas, el que va a contribuir- en el momento de la lectura- a la fundación de la obra literaria; y ello, hasta el extremo de que, muchas veces, ese lector proyectará nuevos sentidos en la palabra escrita, e incluso significados particulares, muy locales y muy específicos, que estaban ausentes del texto cuando éste fue creado. Pongamos algunos ejemplos de estas magias de la lectura, mediante las cuales los textos del pasado remiten a situaciones del presente. He aquí algunos versos escritos por Francisco de Quevedo, alrededor de 1624:
No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca, o ya la frente,
silencio avives o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
Las estrofas citadas no pueden leerse del mismo modo en una sociedad democrática y en otra sujeta a restricciones, censuras y suspensiones de la palabra. Ubicado el lector en un entorno que lo priva de ciertas libertades, sentirá, inevitablemente, que el poema de ese hombre desaparecido hace siglos, apunta a hechos de su circunstancia actual.
Por fortuna a los escritores fallecidos no se les puede someter a represalias ni físicas ni psicológicas. Paradójicamente, es la muerte la que los hace inmortales. Se puede, eso si, quemar sus libros, como ha ocurrido más de una vez con algún clásico “subversivo”. Al escritor vivo, en cambio, se le puede silenciar de muchas maneras: el asesinato, la cárcel, el destierro, la amenaza, la censura, la autocensura, son los medios más sutiles. Pero la prohibición de obras de escritores muertos tampoco es ilimitada; porque si lo fuera, la suspicacia de los censores tendría que abarcar el ámbito de toda literatura, remontándose a sus orígenes y acallando libros que, por pertenecer al patrimonio cultural de la humanidad, figuran incluso en los programas educacionales. Y de allí al delirio desatado no hay más que un paso. A los que alguna vez se atrevieron a darlo, la historia los ha devuelto al penoso lugar del cual nunca debieron emerger.
Para muchos resulta entonces más saludable citar a los clásicos y dejar que funcionen los artificios de la lectura. Frente a ello, viene el desconcierto del censor. Si reacciona negativamente, quiere decir que se siente aludido por las palabras citadas, a pesar de fueron escritas hace décadas o aun hace siglos. Por el contrario, si las pasa por alto, posibilita su circulación en la comunidad. Así como los escritores a veces se sienten entre la espada y la pared, es educativo que otros se sientan de vez en cuando entre la pared y la pluma.
Magias de la lectura. Desde lo más remoto de los siglos resuena la voz del Rey Alfonso X, no en vano llamo el Sabio:
Tirano quiere decir señor cruel, que se ha apoderado de algún reino por la fuerza, por engaño o por traición. Y son de tal naturaleza, que después que se han apoderado del territorio, prefieren el beneficio personal –aunque sea en perjuicio de su tierra-, y no el bienestar de la comunidad; porque viven con la mala sospecha de perderlo todo.
Pero como la escritura es pródiga en esta clase de magias, ni siquiera es necesario alejarse demasiado en el tiempo. Escuchemos la palabra de un clásico chileno: Vicente Huidobro, muerto en 1948:
Una bandada de cuervos se cierne en los aires y empesta nuestro cielo. ¿Acaso Chile será un inmenso animal muerto, tendido en las laderas de los Andes? Sacúdete, patria mía, despierta de esta larga agonía. Ruge, ruge de tal modo que los cuervos huyan despavoridos.
Digna de admiración es la palabra escrita, capaz de despegar desde lo particular hacia lo universal y de retornar después a lo particular específico, erigiéndose al mismo tiempo en sede de los valores permanentes de la condición humana y de sus derechos naturales. De este modo, las críticas a los violadores de esos derechos son una crítica a todos los transgresores, en cualquier lugar y en cualquier época, gracias a las magias de la lectura.
Oscar Hahn
Magias de la escritura.
Editorial Andrés Bello. 2001


Me preguntaron una vez, qué quieres que se diga de ti? Simplemente que soy una mujer que escribe para no llorar y en el intento de escribir echa a volar las palomas de sus muertes y resurrecciones.
Bienvenidos a mi buhardilla! Aquí cada uno se acomoda como puede y todos tienen cabida. La conversa es gratis... y los sueños también.
Ya nos vemos!
Lu
Leyendo mis poemas en la Casa de la Cultura de Maipú
Monedas - Armando Rubio
"Engominado, pulcro,
penetro en las iglesias
altivamente cirio
con mi cara de hostia
dominguera.
Y me arrodillo,
y me confieso, y me persigno,
y regreso a la calle
para comprar barquillos
con monedas hurtadas al abuelo."
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