
En ninguna otra nación de América Latina ocurre este endiosamiento de la poesía local. Si el novelista chileno no encuentra lectores, es un perdedor; si el poeta chileno no encuentra lectores, es un héroe.
Aplicando el análisis económico a la literatura chilena, me he convencido de que la poesía esta subsidiada y que a la novela le ha faltado mercado. El resto son mitos.
Marx sostuvo que la cultura estaba supeditada a la superestructura económica. Dicho de otro modo, cada período histórico permitió el florecimiento de determinadas disciplinas, estilos y formatos, en virtud de cómo se concentraba en ellos la propiedad, el poder y la producción.
Si hoy tuviéramos que explicar el prestigio de la poesía chilena versus la inopia de su narrativa, creo que Marx aportaría al análisis. Basta con reemplazar términos vetustos, como “relaciones de producción”, por “estructura económica” o “mercado” y comenzaríamos a desmitificar este lugar común de hoy: el superhombre poético chileno.
Voy a comenzar desde un punto de vista microeconómico. Escribir es asimilable a cualquier otra labor artesanal; por ello no está exenta de la necesidad de contar con un capital de trabajo que permita solventar las necesidades básicas del artesano durante el ciclo de producción. Y aquí salta la primera gran diferencia entre novela y poesía: el capital de trabajo que requiere un novelista es varias veces superior al que necesita un poeta. La novela es una gran consumidora de tiempo. Investigar, perfilar personajes, determinar tramas, redactar y corregir: un proceso que dura no menos de nueve meses y fácilmente supera el año. Se requiere además un PC con un procesador de texto, ojalá con impresora, fotocopias, resmas de papel, tinta, etc.
Para hacer poesía se necesita sólo un cuaderno y un lápiz.
El poco capital de trabajo que exige la poesía explica la fácil convivencia de la vocación poética con cualquier oficio, incluidos los más pedestres. Ahí están los poetas banqueros, como Eliot; los poetas-abogados, como Wallace Stevens (¡que trabajó toda su vida en compañías de seguros!); poetas-diplomáticos, como Neruda, y poetas-médicos, como William Carlos Williams, que pudo escribir una vastísima obra sin dejar la pediatría.
En otra escala de la economía, es evidente que la viabilidad del proyecto novela requiere de una masa crítica de lectores. Estados Unidos o Gran Bretaña poseen grandes masas lectoras con poder adquisitivo, un público que demanda novelas y textos para enfrentar largos desplazamientos suburbanos, esperas en aeropuertos y estaciones de tren. En América Latina los grandes novelistas y las grandes editoriales han surgido en países con más de 30 millones de habitantes y centros urbanos importantes, como son Argentina, México, Brasil y Colombia.
Con 15 millones y un 60% de la población que confiesa no leer un solo libro al año, la situación de la novela chilena no debiera extrañar a nadie.
Es más, lo destacable es que se publiquen y que varias de ellas hayan repercutido en el público, al punto de formar parte de las conversaciones y del paisaje afectivo.
En ninguna otra nación de América Latina ocurre este endiosamiento de la poesía local, este subsidio histórico a la figura de un poeta. Si el novelista chileno no encuentra lectores, es un perdedor; si el poeta chileno no encuentra lectores, es un héroe. Su oscuridad y su marginalidad son criterios que miden lo original de su proyecto. Y muchos críticos son cómplices de esto: por una parte, miman y subsidian a los poetas (post-mortem, sencillamente los canonizan); por otra, flagelan y hasta ridiculizan a los novelistas, como si fueran inmigrantes ilegales intentando infiltrarse en la República de las Letras. En narrativa, una errata es mediocridad y falta de rigor, en poesía es “subversión del lenguaje”. Si las editoriales que apuestan por novelistas chilenos son multinacionales, el castigo del crítico es doble. Si el poeta chileno se autoedita, el subsidio también es doble.
Los grandes nombres de la poesía chilena son como árboles frondosos bajo los cuales es cómodo dormir; ríos benignos en los cuales mojarse los tobillos es fácil y barato. El riesgo es cero.
Por fortuna, desde los 90 algo están cambiando. Es cierto que, año a año, se escriben y publican muchas novelas irrelevantes. Novelas que pasan de largo frente a las historias que merecen ser narradas, o a lo que Paul Ricceur llamó “la demanda por narración”. Escribir novelas es lento, laborioso y riesgoso. Sólo vale la pena cuando se está frente a una buena historia. Y vaya que las ha habido. Los lectores de Mala Onda, Los Detectives Salvajes, las sagas Heredia y Brulé están para confirmarlo.
Carlos Tromben. Letras/Tendencias. La Tercera Cultura.


Me preguntaron una vez, qué quieres que se diga de ti? Simplemente que soy una mujer que escribe para no llorar y en el intento de escribir echa a volar las palomas de sus muertes y resurrecciones.
Bienvenidos a mi buhardilla! Aquí cada uno se acomoda como puede y todos tienen cabida. La conversa es gratis... y los sueños también.
Ya nos vemos!
Lu
Leyendo mis poemas en la Casa de la Cultura de Maipú
Monedas - Armando Rubio
"Engominado, pulcro,
penetro en las iglesias
altivamente cirio
con mi cara de hostia
dominguera.
Y me arrodillo,
y me confieso, y me persigno,
y regreso a la calle
para comprar barquillos
con monedas hurtadas al abuelo."
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Hacia la conquista
mas es la hora en que el arte de la expresion sea nuestra gloria...
Esto va para los que hacen marketing,yo prefiero tener la obra en papel y no en la compu . Osea....
editoriales sigan adelante con la edicion de libros por favor ! Lu gracias por dar estos nombres de novelas muy leidas . Cariños