
EL HOMBRE PASA, LA MONTAÑA QUEDA
Emecé edita en español El Sonido de la Montaña, una novela de Yasunari Kawabata que puede leerse como una metáfora del conflicto que ha vivido Japón entre tradición y modernidad.
Al recibir el Premio Nobel en 1968, Yasunari Kawabata definió su literatura como “un intento por embellecer la muerte y buscar la armonía entre el hombre, la naturaleza y el vacío”. Pues bien, esta novela se ajusta estrictamente a ese programa, tanto en el plano estético como en el filosófico.

El Sonido de la Montaña (Yama no oto, para los que entienden japonés) fue escrita entre 1949 y 1954. Es decir, el Japón en el que se mueven sus personajes es un país literalmente aniquilado por la guerra. Un país lleno de viudas, de ancianos, de huérfanos como lo fue el propio Kawabata. Lleno también de amargas interrogantes sobre el pasado y el futuro; o, en otras palabras, sobre la tradición y la modernidad. El Sonido de la Montaña puede leerse como una metáfora de ese conflicto que ha atravesado toda la historia del Japón contemporáneo, pero que al salir de la guerra está en su punto álgido. Por un lado, un mundo religioso, mágico, esencial o –lo que es lo mismo- eterno. Por el otro, la feroz arremetida de la modernidad, sin Dios pero con todas las leyes del capitalismo mundial en su variante más materialista y desechable: la cultura norteamericana.
Al adentrarse en la vejez, Ogata Shingo pierde progresivamente la memoria, la memoria lejana, pero también la memoria práctica. Se le olvida, por ejemplo, cómo hacerse el nudo de la corbata. Estas fallas de la memoria son como fallas geológicas, huecos abiertos entre dos placas tectónicas por donde se le va, poco a poco la vida. Porque Shingo escucha el sonido de la montaña. La montaña le habla en una lengua bravía y original.
Y es que toda la novela está atravesada por la naturaleza: la montaña, los pájaros, las plantas, la perra Teru y sus cachorros, la furia del océano y los elementos circundan y asaltan el universo de los personajes con regular persistencia.
Novela de rasgos panteístas en la que el hombre aparece como una criatura en equilibrio precario entre la naturaleza y el vacío. El Sonido de la Montaña es, desde el punto de vista forma, una novela descriptiva, dialogada, minimalista. Es decir, puede ser leida como una novela occidental, máxime cuando sabemos que Kawabata fue un gran lector y admirador de las vanguardias novelísticas europeas de comienzos del siglo XX (de Joyce y Virginia Wolf sobre todo). Salvo que no es una novela occidental. Estamos ante un texto que adopta un forma que a un lector occidental le parece reconocible y hasta moderna.
El viejo Shingo toma conciencia de su vejez y se pregunta por la muerte. Nunca amó verdaderamente a su mujer y mantiene una relación de un ambiguo erotismo con su nuera y una distancia crítica con su hijo -adúltero, bebedor, violento- y con su hija, madre divorciada, hija despechada y desdeñada.
Pero el tiempo no es tratado con linealidad –alterada o no en el montaje del relato- sino como una progresión de círculos concéntricos. Y en el centro hacia el que tienden esos círculos es el alma de los personajes. En esta novela el diálogo de los hombres con la naturaleza es una forma de introspección. Se trata también de una novela que se despliega como una letanía y que debemos leer escuchando el silencio que el texto levanta, como una hoja levanta el polvo al caer. Porque es tan importante lo que el texto calla como lo que dice. Como en un poema. Un relato que avanza en el linde entre la metafísica y la lírica, siendo a la vez una novela moderna: he allí el gran arte de Kawabata.
Mauricio Electorat. Escritor chileno, autor de la Burla del Tiempo
La Tercera – Letras/Ficción


Me preguntaron una vez, qué quieres que se diga de ti? Simplemente que soy una mujer que escribe para no llorar y en el intento de escribir echa a volar las palomas de sus muertes y resurrecciones.
Bienvenidos a mi buhardilla! Aquí cada uno se acomoda como puede y todos tienen cabida. La conversa es gratis... y los sueños también.
Ya nos vemos!
Lu
Leyendo mis poemas en la Casa de la Cultura de Maipú
Monedas - Armando Rubio
"Engominado, pulcro,
penetro en las iglesias
altivamente cirio
con mi cara de hostia
dominguera.
Y me arrodillo,
y me confieso, y me persigno,
y regreso a la calle
para comprar barquillos
con monedas hurtadas al abuelo."
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