HIJO DE LADRÓN

El delincuente que derrotó a los criollistas.

La narrativa chilena dormitaba con el criollismo de Mariano Latorre y alzaba el puño con las historias proletarias de Nicomedes Guzmán y compañía, cuando Manuel Rojas –un patiperro anarquista- desenfundó Hijo de Ladrón. El libro cayó como un aerolito que cambió el paisaje: echó abajo las casuchas criollistas y rompió las estrechas callecitas por las que transitaban los novelistas locales.

Rojas la presentó al concurso de novelas de la SECh (Sociedad de Escritores de Chile) en 1950 con el título Tiempo Irremediable, pero fue rechazada por “procaz” y por ser sólo un proyecto de novela. Al año siguiente fue publicada por Editorial Nacimiento con su título definitivo. Antes, había sido rechazada por Editorial Zig-Zag, el mismo sello que hoy la presenta en nueva edición.

“Creo que, primero o después, estuve preso. Nada importante, por supuesto: asalto a una joyería”, escribe Rojas al inicio de la novela. Y la historia sigue así: entre la memoria y la conjetura, con saltos en el tiempo y el espacio, en un gran monólogo interior que le debe -como no- a Joyce y al viejo Faulkner.

El protagonista es Aniceto Hevia, argentino hijo de delincuente y huérfano de madre, en el que Rojas funde la biografía de un bandido y su propia historia de trotamundo, que arranca cuando Aniceto sale de la cárcel y sigue con sus andanzas con dos vagabundos. Una novela de iniciación, pero sin lecciones. Una novela en el camino. Un meteorito cuyo fuego aún no se apaga.
Impacto profundo (A.G.B.)

La Tercera – Cultura – Letras/Crítica

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Manuel Rojas (1896-1973) | Presentación

La auténtica obra de arte
se renueva desde sus entrañas
Hernán Díaz Arrieta (Alone)

“Nunca he podido pensar como pudiera hacerlo un metro, línea tras línea, centímetro tras centímetro, hasta llegar a ciento o a mil, y mi memoria no es mucho mejor: salta de un hecho a otro y toma a veces los que aparecen primero, volviendo sobre sus pasos sólo cuando los otros, más perezosos o más densos, empiezan a surgir a su vez desde el fondo de la vida pasada”. Manuel Rojas fue un escritor autodidacta que revolucionó la forma narrativa, rechazando el realismo tradicional del naturalismo y criollismo en boga hasta la fecha, cambiando las estructuras y el lenguaje tanto como la sensibilidad de los personajes y las situaciones narrativas. Incorporó a la literatura chilena rasgos propios del superrealismo, que comienzan a aparecer en la generación de 1927, a la que se adscribe Manuel Rojas, junto a otros autores de carácter innovador como Juan Emar y Salvador Reyes.

Este destacado autor, introdujo el monólogo interior (o corriente de la conciencia) en su novela Hijo de ladrón, en forma más específica en el fragmento conocido como “La herida”. Es la primera vez que en la narrativa chilena aparecen en forma consciente los procedimientos utilizados en la novela anglosajona, sobre todo por James Joyce y William Faulkner.

Otro rasgo importante en las innovaciones narrativas que aportó Manuel Rojas a la literatura nacional, es la incursión sicológica y existencial en sus personajes, situados en la condición de marginalidad social, personajes tales como ladrones, pescadores, aventureros, actores de teatro, bohemios, anarquistas, obreros revolucionarios y adolescentes en su proceso de formación. Uno de sus personajes más importantes, Aniceto Hevia, es precisamente un adolescente en formación, a la que asistimos en la conocida tetralogía de aprendizaje, constituida por las novelas Hijo de ladrón (1951), Mejor que el vino (1958), Sombras contra el muro (1964) y La oscura vida radiante (1971).

La obra de Manuel Rojas tiene fuertes rasgos autobiográficos. El mismo autor fue protagonista de aventuras como atravesar la cordillera de Los Andes a pie por el Cajón del Maipo, y desempeñar múltiples oficios en su vida, tales como apuntador de teatro, cuidador de faluchos (lanchas) en Valparaíso, obrero y viajero incansable; experiencias que quedaron plasmadas en textos como A pie por Chile, Lanchas en la bahía o los escritos recogidos en su Antología Autobiográfica.

Una de las experiencias más importantes en la formación intelectual de Manuel Rojas, fue el contacto con los integrantes del movimiento anarquista de la época, entre los que se encontraban el escritor José Santos González Vera (1897-1970) y el malogrado joven poeta José Domingo Gómez Rojas, quién fue el que lo incentivó y convenció de su vocación literaria. Dan cuenta de ello variadas entrevistas y artículos y notas periodísticas y su propia obra, sobre todo su última novela La oscura vida radiante.

A partir de estas experiencias, además de su nutrida obra narrativa, Manuel Rojas escribió textos de carácter teórico, como Apuntes sobre la expresión escrita y una Breve historia de la literatura chilena. Además colaboró regularmente con variados artículos en la revista Babel. También incursionó en la poesía, tempranamente, con el soneto “Gusano”, antologado en la revista Los Diez, los libros Tonada del transeúnte (1927) y Deshecha rosa (1954). Recibió el Premio Nacional de Literatura en 1957.

Memoria Chilena
http://www.memoriachilena.cl/mchilena01/temas/index.asp?id_ut=manuelrojas(1896-1973)