“Una época mecanizada, más que ninguna otra, necesita del arte como compensación síquica a una existencia inmolada en un trabajo que tiende a destruir los valores humanos. ¿Cómo no va a influir en la vida social si el arte es, por sobre todo, presión social?”. El escritor chileno Mahfud Massis nació en 1916. De origen palestino, su poesía evidencia elementos de la cultura latinoamericana y árabe, lo que lo convirtió en uno de los poetas más innovadores de las letras chilenas durante el siglo XX.

Para parte de la crítica nacional, que consideró sólo la variable etárea, Mahfud Massis pertenece a la Generación Literaria de 1938. Sin embargo, su propuesta poética sólo coincide con ésta en el interés por la temática social. Sus versos levantaron el espíritu revolucionario de la época, mezclado con tópicos bíblicos, donde la maldición, la pesadumbre y el castigo juegan un rol fundamental. El crítico Naín Nómez se refiere a la obra de Massis: “Su obra poética se desarrolla desde una raigambre existencial que privilegia temas relacionados con la muerte, el horror y la angustia, a partir de imágenes y símbolos que aluden a la oscuridad y lo demoniaco. Vinculado a una clara estirpe simbolista, sus metáforas se remontan a los pensadores presocráticos, al Libro de los muertos y a la voz profética de poetas mesiánicos como Dante, Hölderlin, Poe, Rimbaud y Kafka. Retornan también en su obra, los orígenes orientales, palestinos y libaneses, reproducidos en la violencia de las imágenes, la profusión de seres milenarios que atraviesan sus poemas y las reminiscencias ditirámbicasde su verbo. La muerte es el eje del tono angustioso de sus textos”.

En 1942 publicó Las bestias del duelo y Ojo de tormenta. A éstas le siguieron Los sueños de Caín (Cuentos, 1953), con el que obtuvo el Premio Renovación de Ministerio de Educación Pública de Chile; ese mismo año recibió el Premio de la Sociedad de Escritores de Chile por su ensayo Walt Whitman, el visionario de Long Island; Elegía bajo la tierra (1955); Sonatas del gallo negro (1958); El libro de los astros apagados (1965), que obtuvo el Premio Alerce en 1964; Las leyendas del Cristo negro (1967); Testamento sobre la piedra (1971); Llanto del exiliado (1986); Este modo de morir (1988); Antología: poemas (1942-1988) (1990) y Papeles quemados (2001), publicado póstumamente.

Su producción literaria abarcó, fundamentalmente, la poesía y el ensayo crítico. Pero su constante labor por la cultura nacional lo llevó a ser director de la revista Polémica, presidente de la Sociedad de Escritores de Chile, presidente del Instituto Árabe en Chile y agregado cultural de Chile en Venezuela (1970).

Después del golpe de Estado de 1973, Mahfud Massis fue informado que había sido exonerado de su cargo y que tenía prohibición de volver a ingresar al país, por ello permaneció en Venezuela. Desde este país desarrolló una importante labor masificando la creación artística nacional y denunciando la situación que vivieron miles de chilenos en ese período.

Después de una vida dedicada a la escritura en sus diversos géneros, Mahfúd Massís falleció el 9 de abril de 1990 en Caracas, Venezuela, su patria adoptiva.

Entonces espantaos, queridos burgueses:
un día el arte no será ya necesario
Mahfúd Massís

Memoria Chilena

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El brazo invisible

Te contemplo en mí, poderosa materia, funeral pá,pano,
fugaz y vulnerable en tu forma, indestructible en tu discurrir eterno,
descubre por una vez esta lúgubre quijada,
el tramo sepulcral de mi rostro aquilino.
Invita esta noche a Barrabás, al papa negro,
no quiero ser el ángel castrado, el hijo del inmigrante en derrota.
Recoge el velo de esta aventura:¡acompáñame, pordiosero!
Asesiné la alegría; cambié la luna por esta piedra que llevo sobre
el pecho.

Alguien destruyó mi familia cierta noche. Ignoran
que soy un faraón de piedra, un ave
patriarcal que limpia el legendario Río.
¿Quién me desgarró el hombro? ¿Quién
me mordió la quijada? ¿Quién destrozó la cabeza de mi vástago?
Unos cráneos grises me comen la hierba del corazón,
la pimienta de unos ojos muertos. Un brazo oscuro,
terrible, como el ojo de Tutankamón bajo la fosa,
señala el cuero miserable de mi cabellera,
el piojo que preside mi sueño invernal, mientras acepto
la limosna del asesino, del comerciante en carbón o piedras
preciosas.

¡Oh, magos! Si existís en algún lugar, debajo de la tierra,
acordáos de mí. ¡Largos brazos, buenas piernas en mis sueños!
Que pueda matar con la mirada abierta.
Sin que el gigante sentado sobre mi alma, sin que
los remordimientos
destruyan el acto espiritual. ¡Sin que las lágrimas
me partan en dos el caballo negro del pecho!

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