ADORABLES Y ADORADORES
Ahora la llaman metaliteratura pero es cosa vieja: escritores que escriben sobre escritores. Autores que admiran y autores que son admirados. Hoy abundan los libros de este arte que multiplica el placer de la lectura.
Hay pocos lujos como leer a un buen escritor escribiendo sobre otro buen escritor. Lo supera el placer de la gran obra, pero este segundo placer muestra un refinamiento de horas dedicadas a un amor impalpable.
Hablando de Stendhal, Tomasi di Lampedusa dijo que las obras de absoluta primera categoría “están ensambladas de tal forma que logran presentarnos largas y variadas perspectivas espirituales desde cualquier punto de vista que sean observadas”. El libro del autor de El Gatopardo, titulado simplemente Stendhal, es una muestra memorable de este género de la adoración: hojear por separado a uno y otro multiplica el placer de la lectura.
Stendhal es igualmente amado por otro italiano, Leonardo Sciascia, también de las islas del sur, como el noble Lampedusa.
María Andrónico Sciascia recopiló los eruditos y entretenidos ensayos que su marido escribió sobre el francés. El lógico e iluminista Sciascia viajó a la Italia que retrató Stendhal y se empapó de la pasión, el instinto, la vanidad y también de la furia y la transgresión que desborda el universo del autor de Rojo y Negro. Stendhal estaba tan lejos y tan cerca suyo, lo que para Sciascia era sinónimo de adorable. De ahí el título recién editado: Adorable Stendhal.
Sciascia usó también esa palabra irreemplazable para referirse a su amigo Pasolini y, a su vez, otra buena amiga de Pasolini, Natalia Ginzburg, también italiana del sur, compuso a los 73 años una hermosa vida a través de las letras de su querido Chéjov, una biografía ahora editada por Acantilado. La autora lo adora, con el regalo que él ruso más habría querido: jamás opina de sus personajes. Y a los lectores Natalia les entrega, con su libro Antón Chéjov, la trama del encanto de un escritor que vivió su infancia en un lugar sucio, lleno de ratas, con un padre avaro, una madre exhausta y dos hermanos borrachos. Sólo tenía a su hermana y así y todo venció un destino imposible para regalarnos sus cuentos.
Otra fue la suerte de Henry James, pero no por eso resulta a ojos de sus seguidores menos querible. Hoy en librerías se pueden encontrar dos gruesos tomos sobre el maestro, a cargo de igual número de novelistas ingleses: el profesor y asequible teórico David Lodge, y Colm Tòibín, que este año siguió con la tendencia de volver al origen: publicó una novela situada en los Pirineos catalanes, el mismo lugar donde ocurre la primera obra que escribió. Es justo aquí, cruzando esas montañas (o la librería por recomendación de un buen librero), donde encontramos un catalán que escribe en francés y en castellano, Jordi Bonells, autor de la breve autobiografía Esperando a Beckett, de editorial Funambulista. Sin que se me acuse de adorar a Beckett ni de haber vivido un tiempo en el lugar donde transcurre la historia, Bonells es genial. Con su humor catalán narra su adolescencia como encuadernador en el barrio barcelonés de la Bonanova y cómo se hizo definitivamente escritor porque vio en la tele pésima y borrosa de 1968, una versión de Esperando a Godot.
Este año, para el centenario de Beckett, se animó a anotar sus encuentros o citas a ciegas con el maestro. A algunos aguafiestas les parecerán puras casualidades, meras coincidencias sacadas de madre. Aisladas lo son, juntas no. Juntas son como una revelación. O un anuncio. En cualquier caso un destino. Para empezar, mi apellido empieza con “B”.
Bonells y Beckett también aparecen unidos por la rara enfermedad de Dupuytren, que atrofia la mano y la deja como un puño.
Rehacer el origen
En Chile aparecen buenos adoradores que, otra coincidencia, también vivieron en Cataluña: Roberto Bolaño, José Donoso y, claro, Jorge Edwards que siempre vuelve a su país y se hace cargo de nuestros muertos: de su tío Joaquín Edwards Bello, en El Inútil de la Familia y de Neruda en Adiós Poeta, donde reinventa la adoración al mostrar a su amigo Pablo como un hombre, un pecador; y ahora Edwards se anima a escribir la difícil novela sobre Enrique Lihn.
Pronto aparecerán los ensayos de Edwards sobre escritores chilenos, La Otra Casa, construida con las letras de Blest Gana, Federico Gana, Juan Emar y los contemporáneos que les siguieron.
Los escritores y los editores conocen ese placer del rehacer continuo: Mnemosyne, la memoria es la madre de las musas. Rehacer el origen, lo propio, es el verdadero acto de creación. Eso dicen los místicos, pero ese es otro tema.
La Tercera – Cultura.
Marcela Fuentealba.
25.11.2006
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Me preguntaron una vez, qué quieres que se diga de ti? Simplemente que soy una mujer que escribe para no llorar y en el intento de escribir echa a volar las palomas de sus muertes y resurrecciones.
Bienvenidos a mi buhardilla! Aquí cada uno se acomoda como puede y todos tienen cabida. La conversa es gratis... y los sueños también.
Ya nos vemos!
Lu
Leyendo mis poemas en la Casa de la Cultura de Maipú
Monedas - Armando Rubio
"Engominado, pulcro,
penetro en las iglesias
altivamente cirio
con mi cara de hostia
dominguera.
Y me arrodillo,
y me confieso, y me persigno,
y regreso a la calle
para comprar barquillos
con monedas hurtadas al abuelo."
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