(Eduardo Díaz E.)

Sentí la noche tan breve
pensando en ti.
Palidecí temblando de emoción
tan profunda esa mirada tuya que no tengo,
pero, si siento.
La fruta dulce de tus labios
derramándose dadivosa entre los míos,
hice un ademán en la sombra,
yo: taumaturgo,
saqué del curioso sombrero de los ensueños,
las suaves fragancias de la mirra
que cogí como si fueran tus manos.
Apasionado y tierno te canto
en estos versos míos,
va ágil, como esas enredaderas trepadoras
la tropilla de mis dedos a apacentarse
en la tersura de tu piel y,
recorrer todos los espacios de tu geografía,
voy haciendo en la memoria
la cartografía de tus especiales cordilleras,
el oleaje de tu brisa que cuida la bajada
de tu monte de Venus, allí
ese Eros que vive al interior del cubículo celoso
de mi alma, se desplaza.
Me deshago en besos sorteando tu cabellera
que me cubre con su seda este cansado rostro mío.
Me has devuelto, un viejo cuaderno ya perdido,
el del optimismo que hoy te entrego a vos.